Alianzas de ocasión: cuando los inútiles se vuelven imprescindibles (y algunos bajan la cabeza sin mirar atrás)

Alianzas de ocasión: cuando los inútiles se vuelven imprescindibles (y algunos bajan la cabeza sin mirar atrás)

 

Dicen que la política es el arte de lo posible. En Argentina, parece más bien el arte de lo impresentable. Porque si algo nos enseñan las alianzas electorales que se cierran por estas horas, es que no hay convicción que resista un buen cargo, ni discurso que no pueda tragarse con tal de entrar en una lista.
Los partidos, esos que alguna vez se jactaban de tener historia, doctrina y militancia, hoy se comportan como franquicias de comida rápida: todos ofrecen lo mismo, pero con distinto packaging. El PRO, La Libertad Avanza, la UCR, el peronismo residual, los libertarios de ocasión y los progresistas de cotillón se mezclan en un cóctel donde lo único que importa es sumar votos. ¿Ideología? ¿Raíces? ¿Coherencia? ¡Por favor! Eso quedó para los libros de historia y los discursos de café.
Lo curioso —y tragicómico— es que muchos de los que hoy se abrazan en acuerdos electorales, hasta hace cinco minutos se acusaban mutuamente de ser incapaces de gobernar. “Con esos no se puede ni tomar un café”, decían. Hoy no solo toman café, sino que se reparten la factura y el encabezado de la boleta. Lo que antes era “una amenaza para la democracia”, ahora es “una oportunidad para construir consensos”. Y así, los inútiles de ayer se convierten en los socios estratégicos de hoy.
La frase del día podría ser: “No importa con quién, mientras me aseguren el lugar”. Porque eso es lo que se negocia. No ideas, no proyectos, no modelos de país. Se negocian cargos, bancas, espacios en la lista. Y si hay que tragarse años de críticas, insultos y denuncias, se hace con gusto. Total, el electorado tiene memoria selectiva y la indignación dura lo que tarda en cargar el celular.
Y si no, que lo diga Rogelio Frigerio. El gobernador entrerriano, que alguna vez se presentó como el heredero institucional del PRO y defensor de la moderación, hoy negocia sin pudor con Karina Milei, la hermana del presidente y jefa de la maquinaria libertaria. ¿El objetivo? Pintar de violeta las boletas, aunque eso implique borrar el amarillo, el rojo y hasta el nombre de los partidos que lo llevaron al poder.
Frigerio bajó la cabeza. No importó lo que pensara el PRO, ni lo que dijera la UCR. La orden vino de Balcarce 50 y se acató sin chistar. El sello libertario manda, el color violeta se impone, y los aliados tradicionales deben conformarse con figurar en letra chica. ¿Convicciones? ¿Límites? ¿Dignidad? Todo eso quedó sepultado bajo el altar de la gobernabilidad y el pragmatismo electoral.
Mientras tanto, dirigentes como Pagliaro —y otros que aún creen que la política no es solo una subasta de cargos— se mantienen firmes. No negocian con quienes ayer llamaban “la casta”, ni aceptan que el discurso de motosierra se convierta en bandera común. Porque entienden que la política no es solo táctica, también es ética. Y que los ideales no se venden por un lugar en la lista.
Pero no nos engañemos. La excepción confirma la regla. La política argentina está en modo “todo vale”. Y si hay que pactar con quienes ayer eran “el problema”, hoy se los convierte en “la solución”. Porque lo importante no es gobernar, sino ganar. Y si para eso hay que sentarse con los que prometían sacar dólares del cajero automático, se hace. Aunque el cajero solo escupa deuda y ajuste.
Mientras tanto, los partidos se hunden. No por falta de votos, sino por exceso de cinismo. Las instituciones se vacían, los discursos se reciclan, y la ciudadanía —esa que alguna vez creyó en algo— mira con resignación cómo los mismos de siempre se reinventan como “nuevos”, “renovados” o “transversales”.
La política argentina parece haber olvidado que las convicciones no se alquilan. Que los acuerdos sin alma terminan siendo pactos de silencio. Y que gobernar no es solo ganar elecciones, sino representar algo más que la suma de egos.
Pero claro, eso sería pedir demasiado. En tiempos donde los inútiles de ayer son los imprescindibles de hoy, y los gobernadores bajan la cabeza ante Karina Milei como si fuera la nueva Constitución, la coherencia es un lujo que nadie está dispuesto a pagar.

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