En tiempos donde todo se filma y se recorta a conveniencia, parece que algunos creen que la infracción desaparece si se grita más fuerte que el silbato. El video que circula en redes —cortado, manipulado y acomodado— muestra apenas una parte de la historia: la parte que conviene al infractor. Lo que no se ve es el momento en que el supuesto “agredido” se transformó en agresor, levantando un pedazo de baldosa y amenazando con romper huesos.
La escena es tan absurda como repetida: insultos, empujones, patoteo. Y siempre la misma muletilla irrisoria: “Yo te pago el sueldo”. Curioso, porque muchos de los que repiten esa frase ni siquiera cumplen con sus impuestos. Se creen dueños de la calle, de la ley y hasta de la dignidad ajena.
Los inspectores de tránsito —hombres y mujeres que trabajan por un salario bajo, expuestos a la bronca cotidiana— no son enemigos públicos. Son trabajadores que cumplen una función ingrata: recordarnos que las normas existen. Que el cinturón no es opcional. Que estacionar “un ratito” en cualquier lado no es un derecho. Que respetar al otro empieza por respetar las reglas.
La ironía es que fuera de La Paz, muchos de los mismos que aquí se creen intocables, se ajustan el cinturón y estacionan prolijamente por miedo a la multa. Allá respetan, acá se descontrolan. ¿Qué cambió? Nada, salvo la impunidad que creen tener en su propio patio.
La justicia debería exigir el video completo, sin cortes ni ediciones. Porque la verdad no se esconde detrás de un celular que filma lo que conviene. Y porque ningún inspector merece ser insultado, empujado o amenazado por cumplir con su trabajo.
En definitiva: si no querés infracciones, no las cometas. Y si las cometés, aceptá la consecuencia. El inspector no es tu punching ball, ni tu chivo expiatorio. Es un trabajador, un ser humano, y merece respeto.
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