Por más que algunos se empeñen en maquillar el resultado, la interna radical en Entre Ríos dejó más sombras que luces. El Dr. Martín Jauregui, penalista y referente histórico del partido, no necesitó participar para dejar claro lo que muchos piensan y pocos se animan a decir: el radicalismo entrerriano atraviesa una crisis de legitimidad, identidad y propósito.
Una interna sin alma
Jauregui no votó. No porque no pudiera, sino porque —según sus propias palabras— “no estuvo ni incentivado ni convocado”. Y no fue el único. El dato que duele: el 85% de los afiliados habilitados no se acercó a las urnas. ¿Qué se disputaba? Un solo diputado, en una interna cerrada, con listas ya definidas. “Absurdo y abstracto”, dijo el abogado. Y cuesta no coincidir.
La baja participación no es solo un síntoma de apatía. Es una señal de alarma. “Eso marca claramente que no comparten el rumbo de la dirigencia”, advirtió Jauregui. Y si el partido no logra convocar ni a sus propios militantes, ¿qué fuerza puede tener hacia afuera?
¿Dónde quedó la columna vertebral?
El radicalismo, que alguna vez fue columna vertebral de la política entrerriana, hoy aparece como “colero perro” dentro de la alianza gobernante. Por debajo del PRO. Por debajo de La Libertad Avanza. Tercera fuerza en su propia casa. Para Jauregui, esto “no hace otra cosa que deslegitimar” al partido como actor político relevante.
Agua y aceite: el pacto que no cierra
La crítica más filosa llegó al corazón de la estrategia electoral: el pacto con La Libertad Avanza. “Es como mezclar agua con aceite”, sentenció. Y no es solo una metáfora. Para Jauregui, el radicalismo —socialdemócrata, de centroizquierda— no puede compartir espacio con una fuerza de ultraderecha, liderada por alguien que “se ha cansado de insultar y denostar”.
La alianza, lejos de sumar, parece restar identidad. Y en política, perder el norte ideológico es el primer paso hacia la irrelevancia.
Un gobierno sin obra, sin salud, sin educación
Jauregui no se limitó a la interna. También apuntó contra el gobierno nacional, al que acusó de desmantelar áreas clave: “No hay obra pública, no hay salud, no hay educación. No hay innovación tecnológica ni inversión”. Y lanzó una frase que condensa su visión: “Cuando Robin Hood les sacaba a los ricos para darle a los pobres, hoy Milei les saca a los pobres para darle a los ricos”.
En ese contexto, el radicalismo —históricamente defensor de los desposeídos— no puede, según Jauregui, avalar recortes que afectan a discapacitados, trabajadores y sectores vulnerables.
“Del ridículo no se vuelve”
Aunque reconoció el esfuerzo de algunos dirigentes que intentaron presentar alternativas, Jauregui fue tajante: “Muchachos, reaccionen, despiértense, están haciendo un papelón. Del ridículo del ridículo no se vuelve”.
Su mensaje no es solo una crítica. Es una advertencia. Y también, quizás, una invitación a despertar.
¿Un regreso posible?
Hoy por hoy, Jauregui no tiene intenciones de volver a la militancia. Pero deja abierta una puerta: “Si la gente se despierta y entiende, no tengo problema en acompañar un proceso de cambio”. Y cita a Alem: “El partido pertenece a las nuevas generaciones, ellas le dieron origen, ellas deben consumarla”.
La pregunta queda flotando: ¿están las nuevas generaciones listas para consumar esa obra? ¿O seguirán repitiendo los errores de quienes perdieron el rumbo?
