Por fin alguien leyó el calendario. Y no para programar operativos, sino para recordar que los policías también tienen derecho a descansar. La Resolución Nº 0225/25, firmada por el ministro Néstor Roncaglia, obliga a todo el personal de la Policía de Entre Ríos a tomar su licencia anual ordinaria entre enero y agosto de 2025. ¿La razón? Seis suicidios en lo que va del año. Seis vidas que no encontraron auxilio dentro de la institución que, paradójicamente, está diseñada para proteger.
La medida llega como un parche urgente sobre una herida que sangra hace tiempo. No es una innovación, ni una conquista sindical. Es el cumplimiento tardío de un derecho básico, establecido por la Ley Nº 5.654/75, que reconoce que el descanso no es un lujo, sino una necesidad psicofísica. Pero en el universo policial, donde la lógica del deber suele aplastar cualquier atisbo de humanidad, tomarse vacaciones puede parecer una falta de compromiso. Hasta que el cuerpo colapsa. O la mente se apaga.
Roncaglia lo anunció en redes, como quien lanza una campaña de concientización. Pero detrás del posteo hay una realidad incómoda: la Policía de Entre Ríos está agotada. Literalmente. Y no hablamos solo de turnos extensos o falta de recursos. Hablamos de una cultura institucional que no contempla el desgaste emocional, que no ofrece espacios de escucha, que no previene, que no acompaña. Una cultura que, cuando el suicidio golpea, responde con silencio, homenajes protocolares y resoluciones que llegan tarde.
La resolución aclara que no habrá distinción de jerarquías ni funciones. Todos deberán descansar. Pero también advierte que cada área deberá organizarse para no afectar el servicio. Es decir, se descansa, pero sin que se note. Como si el derecho al descanso tuviera que pedir permiso. Como si la salud mental fuera negociable.
Y ahí está el problema. Porque si el descanso se convierte en una obligación administrativa, sin una política integral de cuidado, sin equipos interdisciplinarios, sin protocolos reales, entonces será apenas una pausa en el desgaste. Un recreo antes del próximo colapso.
La Policía no necesita solo licencias. Necesita humanidad. Necesita que el Estado la mire como cuerpo vivo, no como engranaje. Necesita que se reconozca que detrás del uniforme hay personas que sienten, que sufren, que se quiebran. Personas que, si no encuentran contención, pueden terminar creyendo que la única salida es la muerte.
La resolución puede ser un primer paso. Pero no alcanza. Porque si seis suicidios no bastan para revisar el modelo de trabajo, la lógica de mando, la ausencia de espacios de cuidado, entonces el problema no es solo de salud mental. Es de política pública. Es de ética institucional.
Y mientras tanto, que descansen. Aunque sea por decreto.
¿Será cierto este decreto… o será apenas un decreto de campaña, que después nadie va a respetar?
Porque en tiempos donde todo se firma para la foto, y todo se anuncia para el algoritmo, el papel aguanta. Lo que no aguanta es la salud de quienes patrullan sin descanso, sin escucha y sin red.
Veremos si esta vez el descanso no se archiva junto con la resolución.

