Alarma en Entre Ríos por el avance de la garrapata: “Las pérdidas podrían alcanzar los 100 millones de dólares anuales”

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“Me compraron por el valor de un cero kilómetro”, dice Clara Lis. No es una metáfora. Es una confesión cruda, sin anestesia, que desarma cualquier relato edulcorado sobre las apropiaciones de bebés en la Argentina. Nació en 1978, en plena dictadura, y a los 27 años descubrió que su historia no era suya, que su identidad había sido una transacción, que su llegada al mundo fue registrada como si fuera una compra-venta.
Pero Clara no se quedó en la herida. Investigó, reconstruyó, denunció. Y llevó a juicio a la partera que la vendió. No por revancha, sino por justicia. No por odio, sino por memoria. Y logró lo que parecía imposible: una condena inédita, una sentencia que no borra el pasado, pero lo nombra.
En este Día Nacional por el Derecho a la Identidad, su historia vuelve a sonar como un eco incómodo en un país que todavía arrastra silencios. Porque mientras algunos niegan, relativizan o se cansan del tema, hay quienes siguen buscando a sus hermanos, a sus hijos, a sus nombres verdaderos. Y hay quienes, como Clara, se animan a decir lo indecible: “me vendieron”. Y a hacer lo impensado: “los llevé a juicio”.
La identidad no es un trámite. No es un papel. No es un dato. Es un derecho. Y cuando ese derecho se vulnera, no hay reconciliación posible sin verdad. Clara Lis no solo recuperó su historia: la convirtió en bandera. Y en un país donde tantas veces se premia el olvido, ella eligió la memoria como destino.

 

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