Con decreto en mano y marcha atrás en el discurso, el Gobierno de Javier Milei decidió frenar la privatización de CINE.AR, la plataforma pública que desde hace años permite el acceso gratuito a películas, series y documentales argentinos. Lo que hasta hace semanas se anunciaba con bombos y platillos como parte del “plan de liberación del Estado del gasto”, hoy se revierte con un gesto que, más que convicción, parece cálculo. Porque si algo quedó claro en esta jugada es que el cine argentino, cuando se lo toca, responde con memoria, con gremios, con artistas y con público.
La película que no cerró
La idea original era trasladar CINE.AR, CINE.AR Play y CINE.AR Estrenos desde el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) hacia la empresa Contenidos Artísticos e Informativos Sociedad Anónima Unipersonal (CAI S.A.U.). Una movida que, aunque presentada como “eficiencia operativa”, implicaba una privatización encubierta: tercerizar la gestión, desarticular el vínculo con el INCAA y abrir la puerta a una lógica de mercado que poco tiene que ver con la promoción cultural.
Pero el guión no cerró. El Decreto 821/2025, publicado este miércoles en el Boletín Oficial, reconoce que “no resulta aconsejable” avanzar con el traspaso. ¿Por qué? Porque el cine argentino no es un gasto, es una inversión cultural. Porque CINE.AR no es una plataforma cualquiera: es el espacio donde se estrenan películas que no tienen lugar en las grandes cadenas, donde se visibilizan historias del interior, donde se construye identidad audiovisual.
La cultura como trinchera
En tiempos donde se recorta, se ajusta y se desfinancia, mantener CINE.AR bajo gestión estatal es más que una decisión administrativa: es una declaración política. Es reconocer que hay bienes que no se miden en rentabilidad, sino en memoria, en diversidad, en acceso. Que el cine argentino no puede depender de algoritmos ni de balances trimestrales.
La marcha atrás del Gobierno no es un gesto de sensibilidad, sino de resistencia cultural. Porque detrás de cada película que se sube a CINE.AR hay un equipo técnico, un elenco, una comunidad que la sostiene. Y detrás de cada espectador que la ve, hay una historia que se conecta, una identidad que se reafirma.
“Querían privatizar el cine como si fuera peaje, pero se olvidaron que el arte no se alquila por hora. CINE.AR se queda en casa, porque el cine argentino no se terceriza como si fuera alambrado de estancia. El Estado no gasta cuando sostiene cultura: invierte en memoria, en voces, en relatos que no entran en Excel. Y si algún funcionario cree que el cine es gasto, que mire una película de pueblo y aprenda lo que vale una historia bien contada.”
