Concordia siempre fue señalada como “la más pobre”. Un título que nadie quiere, pero que parece haberse convertido en patrimonio cultural. Los gobiernos pasaron, los discursos se repitieron, los “salvadores” desfilaron con promesas de modernidad, y la ciudad sigue igual: atrapada en la precariedad. La diferencia es que ahora, bajo la gestión de Alfredo Azcue, el retroceso se exhibe con orgullo, como si fuera un logro de gestión.
Despidos masivos: la nueva política social
El intendente decidió que 130 empleados municipales sobraban. Una medida que, según los afectados, no busca eficiencia sino liberar puestos para militantes de confianza. Pero claro, ¿qué mejor manera de modernizar la ciudad que dejar a decenas de familias en la calle? Es la versión local del “shock económico”: menos trabajo, más obediencia.
Basurales a cielo abierto: innovación urbana
A cinco cuadras del hospital, los basurales se multiplican. Podrían ser vistos como un atractivo turístico: “Concordia, ciudad de contrastes, donde la basura convive con la salud”. Una postal digna de folleto irónico. Los vecinos reclaman limpieza, pero parece que pedir lo básico es un lujo que la gestión no está dispuesta a conceder.
Comedores cerrados: la dieta del cambio
Los comedores comunitarios eran el único plato diario para cientos de chicos. Azcue decidió cerrarlos. Quizás sea parte de un plan nutricional revolucionario: menos comida, más resiliencia. Una política pública que podría titularse “hambre como motor de superación”.
Ciudadanía en retroceso
En las calles, la bronca se traduce en frases simples: “No pedimos lujos, solo trabajo y limpieza”. Pero el intendente parece escuchar otra música: la de los aplausos internos y los cargos acomodados. Concordia retrocede, pero con relato.
