El presidente Javier Milei publicó recientemente un mensaje en redes sociales que, sin nombrarlo directamente, desató una ola de ataques contra Ian Moche, un niño de 12 años con autismo que se ha convertido en símbolo de lucha por los derechos de las personas con discapacidad. El posteo, que acusaba al periodista Paulino Rodrigues de “operar contra el gobierno” por haberlo entrevistado, fue leído por muchos como una descalificación hacia Ian y su familia, a quienes se vinculó con sectores políticos opositores.
La reacción fue inmediata: repudio de organizaciones sociales, referentes políticos, periodistas y ciudadanos que vieron en ese gesto una línea que no debe cruzarse. Porque cuando el poder se expresa con violencia simbólica contra un niño, no hay margen para la ambigüedad.
Ian, lejos de responder con odio, eligió el camino del diálogo. Dijo que estaría dispuesto a hablar con el presidente, no para olvidar lo ocurrido, sino para construir algo mejor. “Ni siquiera unas disculpas públicas. Al menos, que borre el tuit”, expresó con una madurez que contrasta con la actitud presidencial.
Este episodio no es menor. Nos obliga a preguntarnos qué tipo de liderazgo estamos construyendo. ¿Uno que escucha, que corrige, que se hace cargo? ¿O uno que se atrinchera en la agresión, incluso cuando el blanco es un niño?
La democracia no se mide solo en votos, sino en gestos. Y cuando esos gestos lastiman a los más vulnerables, es deber de todos levantar la voz. Porque el respeto, la empatía y la humanidad no deberían ser opcionales en el ejercicio del poder.
