Cuando el sermón reemplaza al protocolo: ¿pastores o reclutadores?

Cuando el sermón reemplaza al protocolo: ¿pastores o reclutadores?

En Entre Ríos, la Policía ya no solo patrulla calles: ahora también escucha sermones. Y no por iniciativa propia, sino por orden oficial. Un radiograma fechado el 28 de agosto anunció que los efectivos recibirán la visita del pastor pentecostal Miguel Kecher, con el objetivo de brindar “charlas espirituales” en cada dependencia. ¿Contención emocional o campaña de fidelización?
La medida, impulsada por el Ministerio de Seguridad, llega en un contexto crítico: suicidios dentro de la fuerza, estrés laboral, falta de recursos y una desmotivación que no se cura con versículos. ¿La solución? No psicólogos, no reformas, no mejoras salariales. Pastores. Con Biblia en mano y una sonrisa que promete paz interior… y quizás un diezmo exterior.
Porque si algo caracteriza a ciertas iglesias pentecostales es su habilidad para transformar la fe en estructura. Y si el Estado abre la puerta, ¿quién dice que no se está sembrando algo más que espiritualidad? Algunos efectivos lo reciben con respeto, otros con cara de “¿esto es en serio?”, y varios con la sospecha de que más que almas, se están buscando fieles con recibo de sueldo.
El pastor Kecher no es un desconocido. En plena campaña electoral bendijo al candidato libertario Sebastián Etchevehere, y pronosticó que “Milei va a poner un misil que va a conmover todo”. No está claro si el misil era metafórico o parte del nuevo protocolo de seguridad espiritual. Lo que sí está claro es que el evangelismo en Entre Ríos juega en varios tableros: desde la fe hasta la política, pasando ahora por las comisarías.
¿Será que el Estado tercerizó la contención emocional? ¿O simplemente encontró una forma de evangelizar mientras disimula la falta de políticas públicas? Lo cierto es que, entre sermones y patrullajes, los policías ahora deben decidir si confiesan sus pecados o sus problemas laborales. Y mientras tanto, los pastores suman kilómetros, oraciones… y quizás algún nuevo creyente con sueldo fijo.
La fe puede mover montañas, pero difícilmente tape los baches de una gestión que prefiere rezar antes que resolver. Porque cuando la espiritualidad se convierte en protocolo, el límite entre la ayuda y el marketing religioso se vuelve difuso. Y en ese cruce, lo que se pierde no es la fe, sino la seriedad.

 

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