El juez de Paz de Oro Verde, Mariano Ramón Jurado, rechazó la medida cautelar solicitada por las asociaciones Conciencia Animal Entre Ríos y Ecoguay para frenar la jineteada prevista en el 8° Festival de Destrezas Criollas, Jineteada y Bailanta. La resolución se tomó tras la declaración de incompetencia de la jueza laboral Gladys Pintos, y habilita la realización del evento en el Predio Multieventos, pese a las denuncias por maltrato animal y violación de normativas ambientales y de salud pública.
La decisión judicial se ampara en la falta de “razones con entidad suficiente” para suspender el espectáculo sin sustanciación previa. Sin embargo, el rechazo de la cautelar no clausura el debate ético ni jurídico. El amparo ambiental sigue su curso, y el municipio de Oro Verde deberá responder en siete días sobre el cumplimiento de las normativas vigentes.
Las organizaciones proteccionistas no objetan la música ni los bailes tradicionales. Lo que denuncian es el uso de animales en prácticas que implican coerción, violencia física y sufrimiento innecesario. La jineteada, dicen, no es una destreza, sino una parodia de dominio, donde el caballo es sometido a espuelas, rebenques y gritos, en nombre de una tradición que se niega a revisar sus fundamentos.
La defensa de estos eventos como parte del “patrimonio cultural” no puede justificar el dolor. La Ley Nacional N° 14.346 considera actos de crueldad el maltrato físico y psicológico de animales, y la Constitución consagra el derecho a un ambiente sano. La adhesión de Entre Ríos a la Declaración Universal de los Derechos de los Animales refuerza esta perspectiva, aunque en la práctica, la norma sigue siendo letra muerta frente a la presión de sectores que reivindican la doma como espectáculo popular.
Editorializar este hecho implica interpelar no solo al Poder Judicial, sino a la institucionalidad que habilita, financia y promueve estos eventos. Porque detrás de cada jineteada hay una decisión política, una omisión administrativa, una complicidad estructural. Y detrás de cada caballo sometido, hay una sociedad que aún no reconoce que los derechos no son exclusivos de la especie humana.
La doma en Oro Verde no es solo un festival. Es un síntoma. Y merece ser narrado desde la memoria institucional, desde la ética pública, desde la dignidad animal. Porque la tradición, cuando se convierte en violencia, deja de ser cultura y se transforma en crueldad. Y porque el derecho, si no protege a los más vulnerables —humanos o no humanos—, pierde su razón de ser.
