Denuncia abierta contra el abuso de poder dentro de las fuerzas de seguridad

Denuncia abierta contra el abuso de poder dentro de las fuerzas de seguridad

A ustedes, señores jefes que se creen superiores por el solo hecho de portar un rango, que confunden jerarquía con impunidad, que humillan, castigan y violentan a quienes deberían proteger: esta denuncia es para ustedes.
Porque todos los días, en silencio, en pasillos oscuros, en guardias eternas, en oficinas cerradas, se repite el mismo patrón de abuso. Porque si sos mujer dentro de la fuerza, muchas veces no alcanza con cumplir, con ser profesional, con respetar el uniforme. Te exigen algo más. Te insinúan que para conservar tu puesto, para evitar castigos, para no ser enviada a cubrir guardias interminables en lugares olvidados, tenés que ceder. Tenés que callar. Tenés que bajar la mirada. Y a veces, incluso, tenés que bajarte la dignidad.
¿Hasta cuándo vamos a tolerar que el uniforme se convierta en escudo para el abuso? ¿Hasta cuándo vamos a mirar para otro lado mientras se castiga a quienes no se someten? ¿Hasta cuándo vamos a permitir que el acoso se disfrace de orden, que la violencia se maquille de disciplina?
Ustedes, señores jefes, que se burlan, que reparten castigos como si fueran dueños de los cuerpos y las vidas de sus subordinados, ¿no tienen hijas? ¿No tienen hijos? ¿Les gustaría que para conservar su trabajo, ellos tuvieran que bajarse la bombachita o el pantalón frente a un superior?
Esta denuncia no es solo un grito. Es un espejo. Porque cada vez que una mujer es castigada por no ceder, cada vez que un agente es humillado por denunciar, cada vez que se tapa un abuso con un traslado, con un silencio, con una amenaza, se rompe el pacto social que sostiene a las fuerzas.
No hay honor en el abuso. No hay disciplina en la humillación. No hay jerarquía que justifique el acoso.
Esta denuncia es por todas las que callan, por todos los que aguantan, por todos los que ya no pueden más. Y también es un llamado a los que sí tienen conciencia, a los que sí respetan el uniforme, a los que sí entienden que ser jefe no es ser verdugo.
Porque el silencio ya no protege. El silencio condena.

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