Por Ariel Alejandro Sánchez
Patricia Bullrich, senadora de La Libertad Avanza y figura clave del oficialismo, declaró que el PAMI es un “gasto brutal” y un “error” del sistema de salud argentino. Propuso eliminarlo y derivar los aportes de los jubilados a las obras sociales sindicales. Lo dijo sin titubeos, sin matices, sin vergüenza. Lo dijo como quien anuncia una poda contable, pero en realidad está anunciando una amputación institucional.
No es una reforma. Es una traición.
El PAMI no es una empresa fallida ni un lujo innecesario. Es la obra social más grande del país, con más de cinco millones de afiliados. Es el único sostén médico de millones de adultos mayores que ya no tienen cobertura laboral, que no pueden pagar una prepaga, que dependen de sus medicamentos gratuitos, de sus tratamientos oncológicos, de sus prótesis, de sus controles crónicos. El PAMI es, para muchos, la diferencia entre vivir con dignidad o morir en la espera.
Destruir el PAMI no es ajustar el Estado. Es desmantelar un pacto social. Es decirle a los abuelos que ya no valen lo que cuestan. Es convertir la vejez en un castigo, en una carga, en un descarte.
Bullrich no explicó qué pasará con los jubilados que no tienen otra obra social. No explicó cómo se garantizará la atención médica en pueblos sin clínicas sindicales. No explicó quién pagará los remedios, las ambulancias, los traslados, los especialistas. No explicó nada. Porque no hay explicación posible para una decisión que abandona a los más vulnerables.
La propuesta de Bullrich no es solo técnica: es ideológica. Es la expresión más cruda de una política que desprecia lo público, que convierte derechos en gastos, que mide la dignidad en Excel. Es la misma lógica que recorta pensiones, que cierra programas, que destruye instituciones. Es la lógica del ajuste sin alma.
Y frente a eso, hay que decirlo claro: el PAMI no se toca.
No se toca porque es memoria. Porque es justicia. Porque es el resultado de décadas de lucha por una salud digna para quienes ya dieron todo. No se toca porque los abuelos no son un número. Son historia viva. Son quienes sostuvieron este país cuando nadie más lo hacía.
Desde Entre Ríos, desde La Paz, desde cada rincón donde un jubilado espera su turno médico, esta editorial se alza como un grito: no vamos a permitir que se destruya el PAMI. No vamos a permitir que se abandone a nuestros mayores. No vamos a permitir que la política se convierta en una máquina de indiferencia.
Porque si el Estado no cuida a sus abuelos, ¿a quién cuida?
