La tragedia ocurrida en San José de Feliciano, donde un adolescente de apenas 14 años perdió la vida tras un choque entre una camioneta y una motocicleta, nos obliga a detenernos y reflexionar. No se trata solo de un accidente vial: es un golpe a la memoria colectiva, un recordatorio doloroso de la fragilidad de la vida y de las deudas pendientes en materia de prevención y responsabilidad.
En cada esquina de nuestros pueblos, las motos se han convertido en el vehículo cotidiano de jóvenes y adultos. Son accesibles, prácticas, pero también vulnerables. La falta de controles, el incumplimiento de normas básicas de tránsito y la ausencia de campañas sostenidas de concientización transforman esa vulnerabilidad en riesgo permanente. Y cuando el riesgo se materializa, la consecuencia es siempre devastadora: una familia destrozada, una comunidad enlutada, un futuro truncado.
Llega información a la redacción TOP Digital que nos interpela: la muerte de este adolescente no puede quedar reducida a una estadística más. Debe interpelar a las autoridades, a las instituciones educativas, a los padres y a todos los ciudadanos. La seguridad vial no es un tema menor ni un asunto burocrático: es una política de vida. Requiere inversión en infraestructura, presencia activa de controles, educación temprana y, sobre todo, compromiso social.
Hoy Feliciano llora a un hijo. Mañana, si no actuamos, otra localidad volverá a llorar. La pregunta que debemos hacernos es incómoda pero necesaria: ¿cuántas vidas más deben perderse para que entendamos que la prevención es un deber colectivo?
La memoria de este joven debe convertirse en bandera. Que su ausencia nos movilice, que su nombre nos recuerde que detrás de cada accidente hay una historia que merecía seguir escribiéndose.
