

El barrio Laguna vive hoy lo que ya se había visto en Yeso, Villa López: una familia con las mismas mañas, el mismo patrón de violencia y hostigamiento, que terminó siendo corrida por los propios vecinos. La historia se repite como un espejo roto: piedras contra las casas, patoteo a los chicos, amenazas constantes y un clima de miedo que convierte la vida cotidiana en resistencia.
Los vecinos, cansados de soportar agresiones, acudieron a la fiscalía. Pero la respuesta institucional fue el silencio. La fiscalía, que debería ser garante de la paz social, se convirtió en un muro de indiferencia. Mientras tanto, la violencia se multiplica y los habitantes del barrio ya no saben qué hacer. Una mujer, agotada por los disturbios y el clima de agresividad, tomó la decisión más dolorosa: abandonar su hogar. No se fue por voluntad, se fue expulsada por la falta de justicia.
La escena es brutal: familias atrincheradas en sus casas, chicos que no pueden jugar en la vereda, adultos que se organizan para cortar la calle en reclamo de lo más básico: vivir sin miedo. El corte de calle no es un capricho, es un grito desesperado. Es la manera de decirle al Estado que la paciencia se agotó.
La ironía es que en un país donde se habla de seguridad y orden, en un barrio humilde como Laguna la justicia brilla por su ausencia. Los vecinos denuncian, la fiscalía archiva. Los vecinos reclaman, la fiscalía calla. Los vecinos se organizan, la fiscalía mira para otro lado.
La pregunta que queda flotando es simple y devastadora: ¿qué valor tiene la palabra “justicia” cuando quienes deberían aplicarla se esconden detrás de la burocracia? El barrio Laguna no pide privilegios, pide lo elemental: que se frene a una familia que aterroriza a toda la comunidad.
La situación expone una fractura profunda: cuando el Estado se ausenta, los vecinos quedan solos frente a la violencia. Y en esa soledad, la única herramienta que les queda es la protesta. Cortar la calle es, entonces, un acto de dignidad. Un recordatorio de que la convivencia no puede depender de la voluntad de una familia agresiva, sino de la acción firme de las instituciones.
El barrio Laguna es hoy un espejo incómodo: muestra cómo la indiferencia oficial puede convertir un conflicto vecinal en una crisis social. Muestra cómo la falta de respuesta expulsa a los más vulnerables. Y muestra, sobre todo, que la justicia ausente no es neutral: siempre favorece al agresor.
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