En la política local existe una categoría especial de dirigente: aquellos que todavía no ganaron nada mas que una concejalía que en verdad solo cobro , pero ya hablan como si estuvieran escribiendo sus memorias de gobierno. No presentan planes de gestión, no muestran equipos técnicos, no explican cómo resolverán los problemas cotidianos de los vecinos, pero tienen una certeza inquebrantable: están convencidos de que el destino les reservó el sillón principal.
En estos días, la escena política volvió a ofrecer uno de esos espectáculos que tanto gustan en tiempos electorales. Declaraciones cruzadas, críticas personales, pases de factura internos y una carrera anticipada hacia 2027 que parece desarrollarse mucho más en los micrófonos y las redes sociales que en la calle, donde los ciudadanos siguen esperando respuestas concretas.
Según trascendió, el joven dirigente conocido como «Juancito» apuntó con dureza contra la vice, asegurando que su única preocupación sería mantenerse vigente para no quedar fuera del escenario político. La acusación no es menor. En un país donde muchos dirigentes parecen haber descubierto la fórmula de la eterna permanencia, señalar a alguien por querer conservar protagonismo resulta casi una ironía involuntaria. Si permanecer en política fuera delito, probablemente habría que ampliar considerablemente los tribunales.
Pero las declaraciones no quedaron allí. También aparecieron referencias a posibles alianzas, a la necesidad de construir poder junto a Bruno y a figuras que actuarían desde las sombras como verdaderos operadores de la política local. Una historia conocida. Porque en cada pueblo, ciudad o provincia siempre existe algún personaje al que se le negro se adjudica poderes extraordinarios: el estratega invisible, el consejero secreto, el operador silencioso, el «monje negro» capaz de mover piezas sin ocupar cargos visibles.
Lo curioso es que estos personajes adquieren una dimensión casi mitológica. Cuando las cosas salen bien, son genios. Cuando salen mal, son culpables de todo. Y mientras tanto continúan allí, sobreviviendo a gobiernos, candidaturas, fracasos y victorias con una habilidad que merece un estudio aparte.
Sin embargo, detrás de las disputas personales aparece una pregunta más importante: ¿qué proyecto político existe realmente detrás de tantas declaraciones? Porque una candidatura no se construye únicamente cuestionando adversarios internos. Gobernar una ciudad implica mucho más que ganar una elección.
Los vecinos no votan únicamente nombres. Votan expectativas. Esperan soluciones para el empleo, mejores servicios públicos, obras, desarrollo económico, seguridad y oportunidades para sus hijos. Y en ese terreno las discusiones personalistas suelen mostrar rápidamente sus limitaciones.
También sobrevuelan cuestionamientos sobre las tradiciones familiares que acompañan a algunos dirigentes. En la política argentina los apellidos pesan. Para bien o para mal, las trayectorias familiares muchas veces condicionan la percepción pública. Los adversarios suelen utilizar esos antecedentes como argumento de campaña, mientras los propios interesados intentan demostrar que representan algo distinto.
Pero existe una diferencia fundamental entre heredar un apellido y heredar legitimidad. La primera se obtiene al nacer. La segunda debe construirse todos los días frente a la sociedad.
Por eso llama la atención la facilidad con la que algunos dirigentes ya se consideran ganadores de una elección ubicada todavía a años de distancia. La historia política argentina está llena de candidatos que celebraron demasiado temprano y terminaron viendo el poder desde la vereda de enfrente. Las urnas tienen una vieja costumbre: suelen ignorar las profecías de los propios candidatos.
Mientras tanto, dentro de los espacios políticos continúa predominando un fenómeno cada vez más visible: la lucha por posiciones futuras supera muchas veces la discusión sobre los problemas presentes. Se habla de listas antes que de proyectos, de candidaturas antes que de gestión y de estrategias electorales antes que de políticas públicas.
Sera que Juancito trae la misma escuela de la la tacuara de meterse en la política para recibir subsidios para sus empresas paso por varios partidos pero nunca llego a ser candidata ahora anhela que el nene llegue por que sabe que vienen momentos difíciles y van a precisar de la política para mantenerse en el estatus
Y tal vez allí resida el verdadero problema.
