El lanzamiento del plan de lucha de la CGT terminó siendo un gesto simbólico más que una demostración de poder. Lo que se anunciaba como una jornada de presión sindical frente al Congreso se diluyó en una presencia reducida, con columnas dispersas y sin la contundencia que suele caracterizar a la central obrera.
La ausencia de dirigentes de peso dejó al descubierto las fisuras internas y la dificultad de articular una estrategia común. Los jubilados, protagonistas del reclamo, quedaron acompañados apenas por un sindicalismo que se mostró sin músculo ni decisión.
El contraste entre la retórica de “plan de lucha” y la tibieza de la acción callejera alimenta las dudas sobre la continuidad de la estrategia. El anunciado paro general, que debía ser el próximo paso, hoy aparece bajo sospecha: ¿será una medida real o quedará en el plano de las declaraciones?
El debut, en definitiva, expuso más debilidad que fortaleza. La CGT quiso marcar presencia, pero terminó mostrando sus límites y dejando abierta la pregunta sobre su capacidad de liderazgo en un momento de creciente tensión social.
