El día que tembló la Rosada: entre el colapso presidencial y el colapso nacional

El día que tembló la Rosada: entre el colapso presidencial y el colapso nacional

La escena que se habría vivido en la Casa Rosada este jueves no es menor. Según trascendió, el presidente Javier Milei protagonizó un brote nervioso, gritó a su gabinete, amenazó con renunciar e incluso intentó abandonar el cargo, hasta que sus propios funcionarios lograron contenerlo y evitar que publicara su dimisión en redes sociales. Un episodio que, más allá de lo anecdótico, expone la fragilidad emocional de quien conduce los destinos de un país en crisis.
La imagen de un presidente al borde del colapso no puede desvincularse del estado general de la Argentina. Un país donde el 63,7% de los ciudadanos afirma que cada vez es más difícil llegar a fin de mes, y el 65,1% asegura que su situación económica empeoró en los últimos seis meses. Como señaló un dirigente de la Iglesia Católica, “el 70% de los argentinos se queda sin plata el día 14 de cada mes y vive en la cultura del no puedo”.
La gestión libertaria, que prometía orden, austeridad y transparencia, hoy se ve envuelta en escándalos, gastos millonarios y decisiones que golpean a los sectores más vulnerables. Se recortan pensiones a discapacitados, se ajusta al Hospital Garrahan, se paralizan obras esenciales, mientras en el Congreso se gastan cifras obscenas en trajes, autos, pantallas LED y agua mineral. La casta, lejos de haber sido derrotada, parece haber cambiado de nombre y de discurso.
El episodio en la Rosada no es solo una crisis personal. Es el reflejo de una gestión que se tambalea, que no logra contener la inflación, que enfrenta derrotas electorales y que empieza a perder el favor de quienes lo votaron con la esperanza de un cambio real. Porque el cambio no era esto. No era desmantelar el Estado sin construir nada a cambio. No era ajustar a los que menos tienen mientras se blindan los privilegios de los que más poseen.
La pregunta que empieza a resonar en las calles, en los medios y en las redes sociales es clara: ¿puede gobernar alguien que amenaza con renunciar en medio de una tormenta? ¿Puede sostenerse un proyecto político que se desmorona emocionalmente cada vez que enfrenta una derrota?
La democracia exige templanza, responsabilidad y vocación de servicio. No alcanza con discursos incendiarios ni con frases de impacto. El país necesita conducción, no estallidos. Necesita respuestas, no exabruptos.
El día negro en la Rosada no fue solo un episodio interno. Fue una señal de alarma. Una advertencia de que el rumbo actual no solo es incierto, sino potencialmente peligroso. Y que si no se corrige a tiempo, el colapso no será solo presidencial. Será nacional.

 

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