El país del revés: millones para los senadores, migajas para nuestros abuelos

 El país del revés: millones para los senadores, migajas para nuestros abuelos

En Argentina, hay una verdad que se repite en cada hogar donde vive un jubilado: la dignidad se ha vuelto un lujo. Mientras los senadores nacionales se encaminan a cobrar dietas que superan los diez millones de pesos en bruto, nuestros abuelos —los que trabajaron toda una vida, los que levantaron este país con esfuerzo, los que criaron generaciones enteras— sobreviven con haberes que no alcanzan ni para cubrir los medicamentos.
No es exageración. Es la realidad cotidiana de miles de adultos mayores que, sin PAMI, sin cobertura adecuada, sin aumentos reales, deben elegir entre pagar la luz o comprar sus remedios. Muchos de ellos dependen de la ayuda de sus hijos, que también hacen malabares para llegar a fin de mes. Otros, simplemente, se resignan. Se resignan a comer menos, a vivir con frío, a caminar kilómetros porque no pueden pagar el colectivo. Se resignan a que el país que ayudaron a construir les dé la espalda.
Y mientras tanto, en el Congreso, los representantes del pueblo se aseguran aumentos automáticos, silenciosos, sin debate público. Una cláusula votada en abril de 2024 enganchó sus ingresos a las paritarias de los empleados legislativos. Así, sin necesidad de levantar la mano, sus sueldos se disparan. Algunos renuncian al incremento, sí. Pero la mayoría no. Y lo hacen en silencio, mientras votan una recomposición del 8,1% para los jubilados, una cifra que apenas roza la inflación acumulada y que no representa ninguna mejora real.
Este contraste es obsceno. Es el país del revés. Donde los que más tienen se protegen, y los que más necesitan deben esperar. Donde el Estado se vuelve ausente para los débiles, pero generoso para los poderosos. Donde la política pierde legitimidad porque se desconecta de las urgencias reales.
No se trata solo de números. Se trata de prioridades. Y hoy, esas prioridades están desordenadas. Porque si un senador puede cobrar millones mientras un abuelo no puede pagar sus medicamentos, algo está roto. Algo está profundamente roto.
La jubilación no debería ser una condena. Debería ser el premio por haber trabajado toda una vida. Debería ser el momento de descansar, de vivir con tranquilidad, de disfrutar lo que se sembró. Pero en Argentina, para muchos, es el comienzo de una nueva lucha: la lucha por sobrevivir.
Y esa lucha no debería ser en soledad. Debería ser acompañada por un Estado presente, por una sociedad que no mire para otro lado, por representantes que entiendan que la política no es un privilegio, sino una responsabilidad.
Porque cada abuelo que pasa hambre, cada jubilada que no puede pagar sus remedios, cada adulto mayor que vive en la angustia, es una herida abierta en nuestra democracia.
¿Dónde vamos a parar? A donde decidamos ir. Pero para eso, hay que empezar por mirar a nuestros abuelos a los ojos. Y preguntarnos si este país, así como está, les hace justicia.

 

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