La Paz está en terapia intensiva… y lo peor es que parece que nadie está haciendo nada para que salga adelante.
Calles destruídas, la ciudad cada vez más deteriorada… y ahora, como frutilla del postre, cierran el Casino, uno de los pocos lugares que todavía generaba turismo y trabajo.
Detrás de cada puesto laboral hay familias, hijos e historias de vida. No se puede hablar con liviandad de “reubicaciones”, porque muchas veces eso significa desarmar hogares y separar familias.
Y lo más doloroso es que La Paz tiene un potencial enorme.
Tiene el río Paraná, la pesca, el triatlón y tantos eventos ligados al río.
Tiene naturaleza, tranquilidad y la calidez de su gente, algo que hoy vale oro para quienes buscan escapar del ruido, la inseguridad y el caos de las grandes ciudades.
Ese tesoro lo tenemos acá… pero no se lo está cuidando ni defendiendo como corresponde.
También hay responsabilidades claras: de quienes tenían a su cargo el Casino y de las autoridades que debieron defender esta fuente de trabajo y su valor turístico.
Y hay que decirlo con todas las letras:
A La Paz la está matando la falta de defensa del pueblo y la inoperancia de quienes hoy gobiernan la ciudad, junto al silencio de muchos dirigentes que deberían estar defendiendo a su gente.
Aclaro algo importante: esto no es una crítica destructiva, es la mirada de alguien que ama profundamente su ciudad y quiere verla crecer, progresar y sentirse orgullosa de ella.
Porque las ciudades no se mueren solas: las dejan morir.
La Paz no puede ni debe convertirse en una ciudad fantasma.
