Cuatro veces más carne. Cuatro veces más expectativa. Cuatro veces más dependencia. El anuncio del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, que eleva la cuota de importación de carne vacuna argentina a 80.000 toneladas por año, fue celebrado por algunos como una victoria comercial. Pero en el campo, donde el barro no se lava con discursos, la noticia huele más a condicionamiento que a conquista.
¿Qué implica este aumento?
• Que el mercado estadounidense se abre, sí, pero bajo sus reglas, sus cortes, sus frigoríficos.
• Que la Argentina, en plena crisis de precios internos y presión fiscal sobre el agro, entrega músculo productivo a cambio de promesas de divisas.
• Que el gobierno de Trump, mientras incentiva su propia ganadería, decide importar más carne… pero solo la que le conviene.
¿Y el productor argentino?
Aplaude con una mano y se rasca la cabeza con la otra. Porque mientras se festeja el cupo, se ignora el contexto: retenciones sin alivio, rutas sin mantenimiento, y frigoríficos que pagan en cuotas. El campo no exporta entusiasmo, exporta carne. Y la carne no se produce con titulares, sino con pasto, trabajo y paciencia.
¿Y el consumidor argentino?
Mira cómo se va la carne buena, la que podría estar en su mesa, rumbo a un supermercado de Nebraska. Mientras tanto, en Entre Ríos, en La Paz, en cualquier carnicería de barrio, el precio del asado se vuelve un lujo. ¿Soberanía alimentaria? Bien, gracias.
¿Y el Estado?
Celebra el acuerdo como si fuera una medalla. Pero no explica cómo se va a controlar el impacto en el mercado interno, ni cómo se va a evitar que el productor chico quede fuera del negocio. Porque cuando el cupo se multiplica, también se multiplican los intermediarios, los lobbies, los silencios.
