Editorial Por Ariel sanchez
Un año y medio de gobierno. Y ya parece una década de escándalos. ¿Estamos todos locos o simplemente nos acostumbramos a que la corrupción se instale como parte del paisaje político? Porque lo que está ocurriendo en Argentina no es normal. No puede serlo. Y no debe serlo.
Primero fue la estafa cripto, promocionada por el propio presidente en sus redes, donde miles de argentinos perdieron sus ahorros. No hubo explicaciones, ni disculpas, ni reparaciones. Solo silencio. Después, las valijas que llegaron desde Estados Unidos, salteando controles de aduana, vinculadas a Carlos Scaturice, un hombre muy cercano al entorno presidencial. ¿Qué traían? ¿Por qué no se investigó?
Luego, el Banco Nación contratando a la empresa de la familia de Martín Menem, presidente de la Cámara de Diputados. ¿No hay conflicto de intereses? ¿No hay ética pública? ¿No hay límites?
Y como si fuera poco, los casos de corrupción en ANSES y PAMI en distintas provincias, con denuncias de pedidos de “diezmo” a prestadores. Plata que debía ir a jubilados, a personas con discapacidad, a quienes más lo necesitan. ¿Dónde está la justicia?
Ahora, el golpe más duro: los audios filtrados del exdirector de la Agencia Nacional de Discapacidad, Diego Spagnuolo, donde se menciona una red de retornos en la compra de medicamentos. En esos audios, aparece Lule Menem, mano derecha de Karina Milei, como operador de un esquema de recaudación. Se habla de porcentajes, de nombres, de favores. Y todo parece estar organizado desde el corazón del poder.
¿Y cuántas cabezas rodaron por todo esto? Una. Spagnuolo. El que habló. El que denunció. El que, según él mismo, quiso frenar la maniobra. Los demás siguen en sus cargos. Siguen operando. Siguen blindados por el silencio oficial.
La pregunta es inevitable: ¿dónde está la justicia? ¿Dónde están los fiscales, los jueces, los organismos de control? ¿Dónde está el compromiso institucional que prometieron en campaña? Porque si el que roba no va preso —como dijo el presidente—, entonces todo esto fue solo un simulacro.
No se trata de ideología. Se trata de valores. De ética. De respeto por el pueblo. Porque mientras los escándalos se acumulan, hay millones de argentinos haciendo sacrificios, creyendo en el cambio, esperando que esta vez sea distinto.
Pero si no hay consecuencias, si no hay transparencia, si no hay justicia, entonces estamos todos locos. O peor: estamos todos anestesiados.
Este editorial no busca indignar. Busca despertar. Porque aún estamos a tiempo de exigir explicaciones, de pedir renuncias, de reclamar justicia. No por revancha. Por dignidad.
