La madrugada en Mariano Acosta, partido de Merlo, se convirtió en un escenario de terror. Un depósito sin habilitación ardió en llamas y las explosiones de más de 2.500 garrafas hicieron que los vecinos describieran la escena como “un bombardeo”. Las detonaciones comenzaron a las 6:30 y se prolongaron por dos horas, con esquirlas que volaron hasta 300 metros, poniendo en riesgo a toda la comunidad.
El saldo es grave: dos personas permanecen en terapia intensiva y un joven sufrió hundimiento de cráneo. Además, hay un detenido mientras se investiga si una falla en una pava eléctrica fue el origen del incendio.
El hecho expone una realidad que se repite en distintos puntos del país: depósitos sin habilitación, controles insuficientes y la convivencia peligrosa entre la precariedad y la vida cotidiana. La tragedia de Merlo no es solo un accidente, es el reflejo de un sistema que muchas veces mira hacia otro lado hasta que el desastre se impone con violencia.
Las imágenes de las garrafas explotando, el miedo de los vecinos y el trabajo desesperado de los bomberos son un recordatorio de que la seguridad no puede ser un lujo ni una excepción. La falta de habilitación del lugar es un dato que duele, porque muestra que la tragedia pudo haberse evitado.
En tiempos donde la agenda pública se concentra en la economía y la política, sucesos como este nos devuelven a lo esencial: la protección de la vida. La precariedad no puede seguir siendo parte del paisaje urbano.
La pregunta que queda es si esta explosión servirá como punto de inflexión para reforzar controles y exigir responsabilidades, o si será una más en la lista de tragedias que se olvidan con el paso de los días.
