Werthein se va, Caputo entra: la diplomacia como casting de lealtades
Gerardo Werthein renunció como canciller. No por una crisis internacional. No por un escándalo diplomático. Renunció porque no quiso compartir gabinete con Santiago Caputo. Porque en la Argentina de Milei, la política exterior no se define en Cancillería: se define en el círculo íntimo, en el algoritmo del ego, en el casting de lealtades.
Werthein era empresario, embajador, dirigente deportivo. No era un libertario puro, pero servía. Hasta que dejó de servir. Hasta que Caputo —el estratega, el operador, el “cerebro”— pidió pista. Y Werthein, que no comparte el “proyecto”, se bajó del avión antes de que lo empujen.
La renuncia llegó cinco días antes de las elecciones. Justo cuando Milei necesita mostrar orden, coherencia, liderazgo. Pero lo que muestra es otra cosa: que el gabinete es un campo de batalla entre caputistas, karinistas y oportunistas. Que la política exterior se maneja como un grupo de WhatsApp. Que la Argentina no tiene canciller: tiene voceros rotativos.
Mientras tanto, en Nueva York, la causa $LIBRA avanza. Hayden Davis, el gurú cripto bendecido por Milei, está bajo investigación. Y los querellantes dicen que hay un soplón. Que alguien habla. Que la estafa fue transnacional. Que la diplomacia argentina no solo no previno: habilitó.
Werthein se va. Caputo entra. Y la Cancillería queda como lo que es: una oficina vacía, decorada con banderas, donde ya no se hace política exterior, sino marketing de supervivencia.
