La diputada nacional por Salta, María Gabriela Flores, reconoció haber usado pasajes del Congreso para que viaje su hijo. Un gesto que resume el ADN de una política que se dice nueva, pero actúa con los privilegios de siempre.
Mientras el país se ajusta, la “casta” se acomoda. Los discursos de austeridad se desvanecen frente a los hechos: los beneficios personales siguen siendo prioridad. No es un error administrativo, es una muestra de cómo el poder se hereda, se protege y se justifica.
El pueblo mira, descree y se aleja. Porque cada vez que un representante usa lo público para lo privado, la distancia entre la gente y la política se agranda. Y en esa grieta, la confianza se pierde.
Hoy, más que nunca, la voz ciudadana debe sonar fuerte: no para destruir, sino para exigir coherencia. Porque el verdadero cambio no se declama, se demuestra
