La madrugada entrerriana trajo otra noticia que golpea directo al bolsillo: Shell volvió a aumentar sus precios y la nafta V-Power superó los $2.000 por litro en Paraná. El nuevo valor de $2.024 marca un hito simbólico, mientras que la súper se ubica en $1.765. No es solo un número: es la confirmación de que el combustible se ha convertido en un termómetro del ajuste que atraviesa la economía argentina.
Cada incremento en los surtidores arrastra detrás una cadena de consecuencias: el transporte público, la logística de alimentos, los costos de producción y, finalmente, el precio en góndola. La suba de la nafta no se queda en la estación de servicio, se multiplica en cada producto que llega a la mesa y en cada servicio que depende del movimiento.
El cruce de diciembre con aumentos en tarifas, impuestos y combustibles configura un escenario de asfixia cotidiana. El litro de V-Power por encima de los $2.000 es más que un dato económico: es un símbolo de la distancia entre los ingresos de la mayoría y el costo de la vida real.
El Gobierno habla de sinceramiento de precios y de necesidad de ajustar para ordenar las cuentas. Pero la sociedad percibe otra cosa: que el ajuste siempre se descarga sobre los mismos, mientras los salarios y jubilaciones corren detrás sin alcanzar.
La barrera de los $2.000 en la nafta premium es un recordatorio de que el modelo económico actual no solo mide en índices, sino en litros, en boletos, en facturas. Y que cada cifra que se dispara hacia arriba es un golpe más a la dignidad de quienes intentan sostener su vida en medio de una crisis que parece no tener freno.
