En el Registro Único Nacional de Tránsito (RUNT), la edad no trae privilegios, sino más papeles. Para los ciudadanos mayores de 65 años, renovar la licencia de conducir se ha convertido en una carrera de obstáculos administrativos. La normativa exige que este grupo presente un certificado vigente que acredite aptitud física, mental y motriz, emitido exclusivamente por un Centro de Reconocimiento de Conductores (CRC) autorizado.
Pero no basta con tener el papel en mano. Si el documento no está correctamente cargado en el sistema del RUNT, el trámite se rechaza sin posibilidad de apelación. No hay margen para errores, demoras ni explicaciones. La tecnología, que debería facilitar el proceso, se convierte en una barrera invisible que deja a muchos adultos mayores sin posibilidad de renovar su permiso de conducción.
La medida, aunque busca garantizar la seguridad vial, ha generado críticas por su rigidez y falta de alternativas. En muchos casos, los centros CRC no actualizan los datos a tiempo, y el ciudadano queda atrapado entre el certificado físico y un sistema digital que no lo reconoce.
Así, mientras la burocracia se mantiene joven y estricta, los conductores mayores deben demostrar que aún están aptos para manejar, pero también para sobrevivir al laberinto administrativo. Porque en el RUNT, no importa cuántos años tengas: si el sistema no te ve, no existís.
