El Índice de Confianza del Consumidor (ICC), elaborado por el Centro de Investigación en Finanzas de la Universidad Torcuato Di Tella, registró en agosto una caída mensual del 13,9% y una baja interanual del 3,7%. El dato, lejos de ser una simple estadística, representa un deterioro profundo en el ánimo social, en las expectativas económicas y en la percepción del futuro por parte de los hogares argentinos.
La medición, realizada entre el 1 y el 14 de agosto en cuarenta grandes aglomerados urbanos, muestra que el indicador se ubicó por debajo de los 40 puntos, el nivel más bajo desde septiembre de 2024. Se trata de la caída intermensual más pronunciada desde diciembre de 2023, cuando el país atravesaba una transición política marcada por el atraso cambiario, el rezago tarifario y una inflación desbordada.
El retroceso fue generalizado en todos los componentes del índice. Las expectativas de compra de bienes durables cayeron 15,2%, la percepción sobre la situación macroeconómica bajó 13,7% y la evaluación de la situación personal descendió 12,9%. Estos datos revelan que el malestar no se limita a un sector o una región: es transversal, profundo y persistente.
Lo más preocupante es que la caída golpea con mayor fuerza a los sectores de menores ingresos. En esos hogares, el índice se redujo 18,33%, mientras que en los de ingresos más altos la baja fue del 10,27%. Esta brecha evidencia que la desigualdad no solo se expresa en el acceso a bienes y servicios, sino también en la percepción del presente y en la esperanza de futuro.
El Gobierno, que busca llegar a las elecciones con “todas las variables controladas”, enfrenta un desafío que no se resuelve con números fiscales ni con discursos de orden. La confianza del consumidor es un termómetro social que mide algo más que la disposición a gastar: mide el vínculo entre la ciudadanía y el modelo económico. Y ese vínculo, hoy, está fracturado.
Durante los primeros veinte meses de gestión de Javier Milei, el índice general de confianza apenas aumentó 0,3%. Pero los componentes muestran una realidad más cruda: la percepción sobre la economía general cayó 24,3%, y la situación personal se redujo 3%. Solo las expectativas de compra de bienes durables crecieron, aunque partiendo de niveles históricamente bajos.
La caída de la confianza no es un fenómeno aislado. Está vinculada a la inflación, al encarecimiento del crédito, a la pérdida de poder adquisitivo y a la incertidumbre sobre el rumbo económico. Es el reflejo de una sociedad que, más allá de los discursos oficiales, siente que el ajuste no se distribuye con equidad y que el futuro es cada vez más incierto.
El Gobierno puede mostrar superávit fiscal, reducción de subsidios o control del dólar. Pero si la confianza se desploma, el modelo tambalea. Porque sin confianza no hay consumo, no hay inversión, no hay crecimiento. Y, sobre todo, no hay legitimidad.
