En La Paz, los robos dejaron de ser episodios aislados para convertirse en una rutina que golpea la vida cotidiana. Desde el viernes pasado, los hechos se suceden uno tras otro: una jubilada asaltada frente al correo, un joven despojado de su billetera en Ituzaingó y Alén, a dos señoras que caminaba les robaron sus celular a la altura del polideportivo, intentos de robo de motos en la vereda de 3 de febrero y Alvarado el echo no se llevo a cavo porque una vecina alerto al propietario de la moto que lo corío ese mismo joven fue el que robo la moto de adentro de la escuela , robo a una señora la despojaron de su celular y billetera . La lista es larga y dolorosa.
Lo más grave no es solo la frecuencia de los delitos, sino la sensación de impunidad que se instala en cada esquina. La policía detiene, pero la justicia libera. Los vecinos hablan de una “puerta giratoria” que convierte a los delincuentes en visitantes fugaces de los tribunales, para luego volver a las calles como si nada. La consecuencia es devastadora: miedo, resignación y un creciente descreimiento en las instituciones.
La justicia en el banquillo
La pregunta que resuena en cada conversación es: ¿qué está pasando con la justicia? Los ciudadanos cumplen con sus impuestos, sostienen el sistema, pero cuando son víctimas de un delito sienten que nadie los protege. Denunciar parece inútil, porque el resultado es siempre el mismo: el delincuente vuelve a circular libremente. Esa indiferencia institucional erosiona la confianza y destruye el contrato social básico: que la ley defienda a quienes la cumplen.
Un reclamo colectivo
La Paz no puede naturalizar la inseguridad. No puede aceptar que los vecinos vivan con miedo de salir a la calle o de que sus hijos vuelvan caminando de la escuela. La comunidad reclama respuestas concretas: que la justicia actúe, que las instituciones funcionen, que la seguridad deje de ser una promesa vacía.
Este editorial no es un grito aislado: es la voz de una ciudad cansada de mirar para otro lado, cansada de que los delincuentes se sientan dueños de las calles mientras los ciudadanos honestos se encierran en sus casas.
Conclusión
La inseguridad en La Paz es hoy un espejo de la crisis institucional argentina: policías que cumplen su tarea, vecinos que denuncian, y una justicia que parece ausente. El resultado es un círculo vicioso de miedo y desprotección.
Es hora de romper ese círculo. La justicia debe dejar de ser espectadora y asumir su rol de garante de la paz social. Porque sin justicia, no hay seguridad. Y sin seguridad, no hay ciudadanía posible.
