La ciudad de La Paz se despertó este domingo con un escenario inusual: pasacalles desplegados en distintos puntos de ciudad expresando el malestar de la comunidad hacia el diputado provincial Bruno Sarubi. Los mensajes, directos y contundentes, reflejan un enojo acumulado por lo que los vecinos consideran una “mala gestión” y una marcada ausencia de presencia política en el territorio.
La protesta no se limita a un grupo reducido, sino que parece condensar un sentimiento extendido: la percepción de que el legislador, pese a ocupar un cargo de representación, es prácticamente desconocido en el departamento que debería defender. La crítica apunta a la falta de respuestas concretas frente a las necesidades locales y a la distancia entre las instituciones y la vida cotidiana de la gente las leyes que voto perjudicando a muchos entre ríanos .
Los pasacalles, como herramienta de expresión popular, se transforman en un símbolo de resistencia y reclamo. No hay consignas partidarias ni discursos elaborados: el mensaje es simple y claro, “queremos gestión, queremos presencia” votastes contra los trabajadores y jubilados sin importarle el daño que haces . Este tipo de manifestaciones callejeras, visibles y públicas, marcan un quiebre en la relación entre la dirigencia y la ciudadanía, y ponen en evidencia la crisis de representación que atraviesa la política provincial.
El episodio abre un debate más amplio sobre el rol de los diputados provinciales y la legitimidad de su vínculo con los territorios. ¿Qué significa representar a un departamento si la propia comunidad lo percibe como ajeno? La protesta en La Paz expone esa contradicción y la convierte en un reclamo colectivo que difícilmente pueda ser ignorado.
En definitiva, los pasacalles que amanecieron en las calles de La Paz son mucho más que un gesto de enojo: son la voz de una comunidad que exige ser escuchada, que reclama compromiso real y que advierte que la política sin territorio pierde sentido.

