La causa judicial por las diez valijas que ingresaron sin control aduanero en un vuelo privado desde Miami ha encendido una alarma que resuena en los pasillos del poder. El juez Pablo Yadarola, titular del Juzgado Penal Económico N.º 2, imprimió un ritmo inusualmente veloz a la investigación, en un contexto donde la justicia suele caminar con pies de plomo cuando se trata de figuras cercanas al gobierno.
El avión, propiedad del empresario Leonardo Scatturice —nuevo dueño de Flybondi y operador privilegiado en la órbita libertaria— aterrizó el 26 de febrero en Aeroparque. A bordo viajaba Laura Belén Arrieta, exazafata y actual empleada de las tecnológicas OCP Tech y COC Global Enterprise, ambas fundadas por Scatturice. Arrieta no solo evitó los controles de rutina con una decena de valijas, sino que su presencia conecta directamente con la organización trumpista CPAC y con el círculo íntimo de Santiago Caputo.
Caputo, asesor presidencial y sobrino del ministro de Economía, aparece como el gran articulador detrás de los contratos millonarios que Scatturice obtuvo en áreas clave del Estado. Desde la protección de correos electrónicos hasta la provisión de servidores, pasando por intentos de adjudicación en Trenes Argentinos, el empresario tejió una red de negocios que ya supera los 2000 millones de pesos. En la política, ya lo apodan “el Lázaro Báez libertario”.
La investigación judicial avanza con una batería de medidas: identificación de vehículos en pista, revisión de cámaras de seguridad, citaciones a funcionarios de Aduana, ANAC y Migraciones. Todo apunta a una “instrucción externa” que habría facilitado el ingreso irregular del equipaje. La sombra de la impunidad institucional vuelve a proyectarse sobre el Estado.
Pero lo más inquietante no es solo el contenido de las valijas —aún desconocido—, sino lo que representan: un símbolo de privilegio, tráfico de influencias y opacidad en el corazón de un gobierno que prometió transparencia radical. La conexión con CPAC, el vínculo con Karina Milei a través de la fundación “Dale”, y la presencia de figuras como Matt Schlapp y Barry Bennett en la trama, revelan una arquitectura de poder que trasciende fronteras.
El juez Yadarola, con antecedentes en causas resonantes como la de Antonini Wilson, parece decidido a no dejarse amedrentar. Su desafío no es menor: investigar a quienes se mueven con inmunidad de facto en los cielos del poder. En un país donde las valijas suelen pesar más que las leyes, su tarea es titánica.
¿Será esta causa un punto de inflexión o solo otro capítulo en la crónica de la impunidad argentina? El tiempo —y la justicia— lo dirán.
