“Milagros, micros y el 3%: la gira libertaria que ya vimos en versión K”

“Milagros, micros y el 3%: la gira libertaria que ya vimos en versión K”

 

Cuando el ajuste se paga con fe, el libro es solo un pretexto, y la política se convierte en un recital con banda tributo incluida.
Javier Milei prometió dinamitar la casta, erradicar los vicios del kirchnerismo y devolverle a la política su dignidad. Pero algo pasó en el camino. Tal vez fue el efecto del “pastor que duplica los fondos”, ese personaje místico que aparece cada vez que hay que justificar gastos sin factura. Porque si hay algo que no cierra en la presentación de La construcción del milagro en el Movistar Arena, es la matemática. ¿Más de 150 micros desde distintas provincias? ¿Sonido, iluminación, seguridad, estructuras, merchandising libertario? ¿Todo eso por amor al libro? ¿O por fe en el milagro?
¿Quién pagó la fiesta? ¿El pastor? ¿El unicornio? ¿El contribuyente? ¿O el famoso “3%” de Karina Milei, que según rumores cobra comisión por cada gestión, cada contrato, cada movimiento dentro del aparato libertario? Porque si hay algo que no falta en esta gira espiritual con estética de campaña, son sospechas. O será —como deslizan algunos con tono místico— que el pastor puso diez mil pesos y el milagro los convirtió en cien mil dólares. Porque si hay algo que abunda en esta gestión, además de merchandising con leones, es fe contable.
El alquiler del Movistar Arena rondó los 100 mil dólares. Y eso sin contar el despliegue logístico que incluyó el clásico acarreo de militantes, incluso desde Entre Ríos, donde el presidente ya había ensayado su versión de “acto espontáneo”. Y como si fuera una remake de los Kukas, más de 150 colectivos llegaron desde distintas provincias con la mística libertaria bien aceitada, como si el rock de la libertad necesitara su propio ejército de fans. ¿No era eso lo que criticaba de los “Kukas”? ¿No era eso lo que lo indignaba cuando Alberto Fernández cantaba en sus actos y Cristina bailaba como estrella de rock?
Milei, el roquero libertario
La ironía es tan grande que ya no cabe en los memes. Milei, que se burlaba de Alberto por cantar “Solo le pido a Dios” y de Cristina por sus pasos de baile en Tecnópolis, hoy se sube al escenario, canta “Panic Show”, abraza a Karina como si fuera su manager de gira y grita “¡Viva la libertad, carajo!” con más eco que contenido. ¿La diferencia? El volumen. ¿La similitud? Todo lo demás.
Cristina tenía a Fito, Alberto a León Gieco. Milei tiene a Charly, a Nino Bravo y a los coros libertarios. Y si vamos más atrás, no olvidemos a Amado Boudou, el vicepresidente bajista que tocaba rock mientras firmaba contratos. Porque si algo une a todos los gobiernos, es el amor por el escenario.
La política argentina parece atrapada en un loop de videoclip. Cambian los nombres, pero no el guion.
Todos prometen romper el molde, y todos terminan usando el mismo molde con más luces. Milei no destruyó la casta: la remixó. Con estética punk, merchandising de leones y una banda sonora que suena fuerte pero no dice mucho.
¿Y el pueblo?
• Los jubilados siguen esperando que alguien les devuelva el 82% móvil, o al menos el 82% de sus medicamentos.
• El Hospital Garrahan enfrenta recortes que afectan a niños, mientras el presidente canta “Demoliendo hoteles”.
• Las personas con discapacidad marchan para no desaparecer del radar estatal, mientras se gastan fortunas en actos con estética de recital.
¿Y los escándalos?
• Cristina enfrentó denuncias por corrupción, bolsos voladores y hoteles con nombres sugestivos.
• Milei navega entre rumores de coimas, renuncias incómodas como la de José Luis Espert, y diputados vinculados al narcotráfico como la diputada Villaverde. ¿La diferencia? Hoy hay más sospechas que antes, y menos explicaciones.
Conclusión:
La Argentina no está para recitales. Está para respuestas. Pero mientras el presidente canta, el pueblo desafina. Mientras se habla de milagros, los números no cierran. Y mientras se critica a los Kukas, se los imita con entusiasmo.
Cristina bailaba mientras el país se tambaleaba. Boudou tocaba rock mientras firmaba contratos. Alberto tocaba la guitarrita mientras el INDEC se escondía. Milei canta mientras el país se desmorona. Todos eligieron el escenario como refugio. Pero mientras ellos se lucen bajo los reflectores, millones de argentinos siguen esperando que alguien los mire sin disfraz, sin playback, sin guión.
Porque gobernar no debería parecerse a una banda tributo. Y menos aún a una gira espiritual financiada por el pastor que duplica los fondos y la hermana que cobra el 3%. Pero en este país, todo es posible. Incluso que el ajuste se pague con fe, y que el milagro sea solo un buen truco de escenografía.

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