En toda ciudad, todos sueñan con que su evento popular sea comparsa, corsos o festival tenga impacto. Pero hay quienes descubren la fórmula mágica para que la publicidad no sirva: promocionar cuando el evento ya terminó. Sí, como poner carteles de “Bienvenidos” en la puerta de un velorio.
La ironía del timing
Antes del evento: la publicidad convoca, entusiasma, llena las calles.
Después del evento: la publicidad justifica gastos, maquilla balances y hace que los vecinos se pregunten si no están pagando por humo.
Resultado: la próxima edición será “otra cosa”, y lo invertido en promoción tardía se convierte en un recuerdo caro y poco útil.
El costo de la paradoja
En programas de alto rating como Polémica en el Bar, un espacio de 1 minutos puede costar entre $3.500.000 y $6.000.000 pesos argentinos. Una cifra que, bien usada, puede multiplicar la convocatoria. Pero si se gasta cuando el evento ya pasó, lo único que se multiplica es la sospecha de que la plata se usó para “blanquear” gastos.
Promocionar después del evento es como invitar a cenar cuando ya se levantó la mesa. Es como vender paraguas cuando la tormenta ya pasó. Es como pagar millones para que te digan “qué lindo lo que fue”, en lugar de “qué lindo lo que será”.
Y claro, siempre habrá municipios y empresas que lo hagan: porque más que buscar impacto, buscan justificar presupuestos. La publicidad se convierte en un recibo elegante, un gasto maquillado, un aplauso tardío.
