En La Paz, la política local parece haber entrado en terapia intensiva. Mientras los dirigentes paceños se atrincheran en sus oficinas, llorando por la falta de convocatoria y el rechazo de los vecinos, Domingo Rossi sigue recorriendo los barrios con la naturalidad de quien sabe que la gente lo espera con alegría.
El contraste es brutal: Rossi puede organizar reuniones en cualquier casa, en cualquier esquina, y la gente lo recibe con mate, con fotos y con palabras de aliento. Los políticos locales, en cambio, no logran ni juntar a sus propios familiares, esos mismos que acomodaron en cargos públicos durante años para sostener un esquema de privilegios que hoy se derrumba.
La escena del viernes fue elocuente: Rossi caminando por distintos barrios, saludado como si fuera un vecino más, mientras los dirigentes paceños miraban desde lejos, sin poder entrar, sin aire, sin respaldo. La política de los acomodos y del enriquecimiento personal ya no tiene aceptación en las calles. Los vecinos lo dicen sin rodeos: “No queremos volver al patoterismo, queremos votar para sepultar a esa gente”.
La ironía es que quienes se creían dueños de la ciudad hoy no pueden ni cruzar una vereda sin recibir reproches. La gente les dio la espalda, cansada de promesas incumplidas y de ver cómo se repartían cargos entre parientes mientras los problemas reales quedaban sin solución.
Rossi, en cambio, avanza con paso firme, no solo en La Paz sino en toda la provincia. Su campaña se alimenta de la cercanía, de la escucha y de la confianza que genera en cada encuentro. Los políticos locales quedaron atrapados en su propio laberinto de errores: acomodaron demasiado, se enriquecieron demasiado y ahora descubren que la gente ya no les cree nada.
Y como si fuera poco, uno de los que se animó a largar la campaña terminó pidiendo un quinto lugar en una diputación… pero lo echaron sin miramientos y no le quieren dar nada. La política local está en coma, y el único que camina con vida entre los barrios es Rossi.
