En tiempos donde la salud mental debería ser prioridad, lo que se observa en la P.E.R. y el S.P.E.R. es una secuencia de maniobras que rozan lo absurdo, lo improvisado y, lamentablemente, lo ridículo. La gestión actual, lejos de ofrecer respuestas lógicas o soluciones estructurales, parece haber agotado su capacidad de revertir una situación que ya no se sostiene ni con discursos ni con marketing.
Ejercicios físicos en horario laboral —como correr y empujar vehículos sin combustible— se presentan como parte de un “tratamiento” que nadie explica con seriedad. Se inauguró un taller mecánico, pero los móviles siguen terminando en talleres particulares. ¿Qué se arregla realmente? ¿Qué se oculta detrás de esa fachada?
Y como si fuera poco, bajo el pretexto de cuidar la salud mental, se invirtió una suma millonaria en juguetes —sí, juguetes— a razón de $1.450.000 cada uno, según precios publicados en Mercado Libre. ¿Fue compra directa? ¿Hubo licitación? ¿Quién negoció? Lo dejamos para los genios de Asuntos Internos, que seguramente tienen más experiencia en mirar para otro lado.
Las licencias prometidas, que deberían respetar la antigüedad del personal, siguen siendo negadas. Hay efectivos en situación de retiro que acumulan más de siete licencias sin gozar. ¿La razón? Una cadena de gestiones inoperantes que se pasan la pelota sin asumir responsabilidades.
Y ahora, como si todo lo anterior no bastara, llega la solución mágica del Director de Personal: un radio interno que anuncia el paso de pastores evangélicos por las dependencias, como si la fe pudiera tapar la falta de recursos, el desgaste laboral y la precariedad institucional. La participación es “optativa”, claro. Pero el mensaje es claro: no hay plan, hay improvisación.
Respetamos la libertad de cultos, por supuesto. Pero también exigimos coherencia. Porque mientras los curas cobran sueldos abultados y aparecen cuatro o cinco veces al año, los efectivos siguen esperando respuestas concretas. Auditorías, bienes declarados, gestiones en Uruguay y Paraná… todo eso sigue sin explicación.
Y si esto no funciona, ya se rumorea que el próximo paso será mandar al gallo didáctico por la peatonal a recaudar fondos para el tratamiento mental. Una postal tragicómica que resume el estado de una gestión que perdió el rumbo y la credibilidad.
Porque la dignidad no se negocia. Y cuando se la pisotea con medidas absurdas, silencios cómplices y promesas vacías, lo único que queda es alzar la voz. Con firmeza. Con ironía. Pero sobre todo, con verdad.
