La muerte de Claudio González no es un hecho aislado. Es el séptimo caso de suicidio en la fuerza provincial en lo que va del año. Y cada uno de esos nombres representa una historia de desgaste, de dolor no dicho, de presiones que se acumulan en silencio detrás de un uniforme.
La Policía, institución que debería velar por la seguridad de todos, parece no estar pudiendo cuidar a los suyos. ¿Qué está fallando? ¿Dónde están los dispositivos de contención emocional, los espacios de escucha, las redes de apoyo para quienes dedican su vida al servicio público?
González era más que un suboficial retirado. Era parte activa de la vida institucional, un hombre comprometido, amable, futbolero, querido por sus pares. Su partida deja un vacío, pero también una pregunta urgente: ¿cuántos más?
La salud mental en las fuerzas de seguridad no puede seguir siendo un tema tabú. Es hora de que el Estado, los mandos superiores y la sociedad en su conjunto reconozcan que detrás del uniforme hay personas. Personas que sienten, que sufren, que necesitan ayuda.
No alcanza con el cortejo fúnebre ni con los homenajes póstumos. Hace falta acción. Prevención. Humanidad.
