La muerte de una mujer en la ruta nacional 12, al sur de Entre Ríos, no es un accidente aislado ni un hecho fortuito. Es la consecuencia directa de una desidia institucional que se repite como un eco en cada kilómetro de nuestras rutas. Una camioneta impactó contra un tractor y la vida de una familia quedó destrozada: la mujer falleció, su marido y su nieta fueron hospitalizados, al igual que el conductor de la máquina. El dolor humano es inmenso, pero lo que duele aún más es la certeza de que este desenlace era evitable.
El tránsito de maquinarias agrícolas por rutas nacionales es un riesgo latente que se ha convertido en rutina. Los tractores, cosechadoras y equipos pesados circulan sin la señalización adecuada, muchas veces de noche, en corredores donde también transitan vehículos particulares, colectivos y camiones de carga. La convivencia es desigual: un tractor a 20 km/h y una camioneta a 100 km/h no se encuentran, colisionan. Y cuando colisionan, la fragilidad siempre se cobra vidas.
La ruta 12, columna vertebral del litoral, es testigo de esta tensión entre lo rural y lo urbano. Los productores necesitan trasladar sus máquinas, pero el Estado debería garantizar que ese traslado no se convierta en una ruleta rusa. ¿Dónde están los controles? ¿Dónde están las políticas de seguridad vial adaptadas a la realidad entrerriana? ¿Dónde está la inversión en infraestructura que permita que la vida rural no se transforme en un riesgo mortal?
Cada tragedia como esta desnuda la complicidad silenciosa de las autoridades. Se habla de campañas de prevención, de carteles luminosos, de patrullajes, pero en la práctica lo que reina es la improvisación. La señalización es escasa, las banquinas son angostas, la iluminación es inexistente. Y mientras tanto, las familias pagan con sangre la indiferencia.
La mujer que murió en la ruta 12 no es una estadística: es un rostro, una historia, una vida arrancada. Su muerte debería ser un grito que sacuda conciencias, que obligue a repensar cómo convivimos en las rutas. Porque la dignidad rural no puede seguir siendo sacrificada en el altar de la desidia institucional.
La ironía es cruel: Entre Ríos se promociona como tierra de turismo, de paisajes y de rutas que conectan. Pero detrás de los folletos y las campañas, la realidad es que nuestras rutas son trampas mortales. La convivencia entre camionetas y tractores no debería ser un duelo, sino un desafío de gestión. Y sin embargo, seguimos contando muertos.
