La desidia tiene nombre, y en La Paz se llama PAMI

La desidia tiene nombre, y en La Paz se llama PAMI

En La Paz, Entre Ríos, el abandono no es una metáfora: es una rutina. Adultos mayores y personas con discapacidad, afiliados al PAMI, enfrentan día tras día una cadena de omisiones que los deja sin pañales, sin medicamentos, sin camas ortopédicas, sin sillas de ruedas. Sin respuestas. Y, sobre todo, sin el respeto mínimo que merecen quienes han sostenido este país con su trabajo, su esfuerzo y su historia.
No se trata de un caso aislado ni de una demora administrativa. Se trata de una desidia sistemática que convierte derechos en favores, y necesidades urgentes en trámites eternos. ¿Quién piensa en esta gente? ¿Quién se hace cargo del dolor de una madre que no puede levantar a su hijo discapacitado porque nunca llegó la silla de ruedas prometida? ¿Quién se responsabiliza por el abuelo que espera un medicamento vital mientras la burocracia juega al escondite?
En San Lorenzo, por ejemplo, la atención en salud mental para adultos mayores se reduce a dos psiquiatras que atienden quincenalmente en una sala prestada. En Chivilcoy, una hija denuncia que su padre de 80 años espera desde octubre un medicamento que nunca llega. Y en Formosa, una mujer relata cómo su abuela con neumonía fue rechazada por el sistema de emergencias del PAMI, que solo responde si hay sangre de por medio.
Estos testimonios no son excepciones: son la norma. Y en La Paz, esa norma se repite con dolorosa precisión. Las oficinas locales del PAMI se han convertido en laberintos de espera, donde cada reclamo se diluye entre derivaciones, promesas y silencios. Mientras tanto, los cuerpos envejecen, se enferman, se deterioran. Y lo hacen solos.
La pregunta no es solo institucional. Es moral. ¿Qué tipo de sociedad somos si permitimos que nuestros mayores mueran no por enfermedad, sino por indiferencia? ¿Qué tipo de Estado tenemos si los derechos adquiridos se esfuman cuando más se necesitan?
Este editorial no busca culpables individuales. Busca despertar conciencias. Porque el abandono no se combate con indignación pasajera, sino con compromiso sostenido. Con vecinos que reclaman, con medios que visibilizan, con funcionarios que responden. Y con una comunidad que no acepta que la vejez sea sinónimo de olvido.
En La Paz, el silencio duele. Pero todavía hay tiempo de convertirlo en grito. ¿Nos animamos?

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