En los primeros 18 meses de gestión del actual Gobierno, más de 245.000 trabajadores del sector privado accedieron a la Prestación por Desempleo. No se trata de un número aislado ni de una fluctuación coyuntural: es el reflejo de una crisis laboral que se profundiza y se distribuye con precisión quirúrgica sobre los sectores más vulnerables del aparato productivo.
Durante 2024, se registraron 174.335 altas al seguro, mientras que en el primer semestre de 2025 se sumaron 71.145 nuevos beneficiarios. La industria manufacturera, el comercio y la construcción encabezan el ranking de despidos, como si el país se deshiciera de sus cimientos productivos en cuotas mensuales. En 2024, la construcción perdió 54.046 trabajadores, la industria 36.233, y el comercio 28.790. En 2025, la tendencia se mantiene: 16.408 despidos en la industria, 14.531 en comercio, y 12.359 en construcción.
Este fenómeno no solo revela una economía que expulsa trabajadores, sino también un Estado que apenas logra amortiguar la caída. El Seguro de Desempleo, que debería ser un salvavidas temporal, se convierte en un testimonio de la precariedad estructural. Con un pago promedio de $261.408 en junio de 2025, y una cobertura que se extiende hasta 12 meses (18 para mayores de 45 años), el beneficio intenta sostener lo insostenible: la ausencia de trabajo digno.
Pero lo más alarmante no es la cifra, sino su normalización. Que más de 96.000 personas estén cobrando esta prestación actualmente no parece escandalizar a nadie. Que el grueso de los despidos se concentre en sectores que deberían ser motores de desarrollo tampoco genera políticas urgentes. Y que el desempleo se convierta en una estadística más, sin rostro ni historia, es quizás el síntoma más grave.
La pregunta que queda flotando no es cuántos más serán despedidos, sino cuánto más puede resistir una sociedad que convierte el desempleo en rutina. Porque detrás de cada número hay una familia, un proyecto truncado, una esperanza que se desvanece. Y eso, aunque no figure en los informes, también debería computarse.
