El encuentro reservado entre Guillermo Michel, Sergio Massa y la renovada CGT por la reforma laboral no es un simple gesto político: es la confirmación de que las grandes decisiones se siguen cocinando lejos de la luz pública, en mesas chicas donde el consenso se mide más por conveniencia que por transparencia.
La presencia de Michel, diputado electo del peronismo, marca el intento de darle legitimidad parlamentaria a un proyecto que el gobierno nacional quiere instalar en el Congreso. Pero lo que queda en evidencia es la doble cara de la central obrera: hacia afuera, discursos de defensa de los trabajadores; hacia adentro, negociaciones reservadas que muchas veces terminan en concesiones que diluyen derechos.
La reforma laboral es presentada como modernización, pero en la práctica suele significar flexibilización. Y la CGT, que debería ser el dique de contención frente a los avances sobre las conquistas históricas, aparece más preocupada por mantener su lugar en la mesa que por defender con firmeza a quienes dice representar.
El secreto del encuentro no es casual: cuando las reformas se discuten a puertas cerradas, lo que se busca es evitar el ruido de la calle, el reclamo de las bases, la memoria de luchas que costaron décadas. El riesgo es claro: que la reforma se convierta en un acuerdo de cúpulas, desconectado de la realidad de los trabajadores.
En definitiva, la foto de Michel y Massa con la CGT no habla de un futuro laboral más justo, sino de un presente donde la política y la dirigencia sindical vuelven a jugar al pacto silencioso. Y en ese silencio, lo que se pone en juego no son cargos ni estrategias, sino derechos.
