David Benítez no corrió, no pedaleó, no hizo dedo. Caminó. Desde Federal hasta el santuario del Gauchito Antonio Gil, más de 235 kilómetros a pie, con la fe como brújula y el agradecimiento como motor. No lo empujó una promesa electoral ni una campaña de influencers. Lo movió algo más hondo: la salud recuperada, el milagro sentido, el vínculo con ese santo de los caminos polvorientos que no figura en los altares oficiales, pero sí en los corazones del pueblo.
Jinete de alma, David dejó el caballo en casa y se calzó las botas. Cada paso fue una oración, cada ampolla una ofrenda. Cruzó pueblos, saludó vecinos, recibió agua, abrazos y silencios cómplices. No pidió likes, pidió permiso. Y llegó.
En tiempos donde la fe se mide en hashtags y los milagros se editan en reels, David eligió el camino largo. El que duele, el que transforma. El que honra al Gauchito Gil como se debe: con polvo en los tobillos y gratitud en el pecho.
