A un año del reclamo por Rocío Cabrera: dolor, silencio y la lucha inquebrantable de una familia humilde

A un año del reclamo por Rocío Cabrera: dolor, silencio y la lucha inquebrantable de una familia humilde

 

Ha pasado un año desde que Rocío Cabrera perdió la vida. Un año desde que su familia comenzó una batalla incansable por conocer la verdad, por pedir justicia, por obtener respuestas. Doce meses de espera, de puertas cerradas y de un silencio institucional que duele tanto como la pérdida misma.
Durante este tiempo, el reclamo por Rocío no fue solo una demanda individual, sino el grito de muchas familias que sienten que, cuando no tienen poder, apellido o dinero, su dolor pesa menos en la balanza de la justicia. En múltiples oportunidades se intentó establecer diálogo con las autoridades. Se solicitó audiencia con el intendente, pero la respuesta fue que nos recibiría en su despacho. Se llamó también al diputado Bruno Sarubi, y su contestación dejó aún más en evidencia el desinterés: «esas cosas nos hacen mal políticamente». No solo fue una frase desafortunada, fue una muestra cruda de dónde están puestas algunas prioridades.
Esa actitud —que antepone el cuidado de la imagen pública al compromiso con una causa humana— generó bronca, impotencia y tristeza. La familia de Rocío no busca venganza: exige justicia, verdad, y respeto. Pide ser tratada con la misma empatía y urgencia que cualquier otra persona merecería, sin importar su condición social o económica.
La indiferencia hiere, pero aún más lo hace la sensación de que hay una justicia para algunos, y otra —lenta, ausente o insensible— para el resto. Nadie debería tener que rogar para que se investigue la muerte de una hija. Nadie debería sentir que su sufrimiento “no es conveniente” para un funcionario.
Hoy la familia de Rocío sigue en pie, no porque no duela, sino porque no hay mayor motor que el amor y la necesidad de reparación. Y aunque muchos hayan dado la espalda, siguen apostando a que la verdad salga a la luz, que el caso avance, que el nombre de Rocío no quede en el olvido ni sepultado por el silencio del poder.
“Ojalá nunca les pase algo así”, el diputado dicen. Porque el deseo más profundo de quien sufre no es el castigo, sino que nadie más tenga que atravesar lo mismo. Pero también dicen: “Si le pasara a alguien con apellido, plata o poder, tal vez la justicia actuaría distinto”. Y esa sospecha, tan frecuente como dolorosa, nos interpela como sociedad.
Rocío Cabrera era una joven con toda una vida por delante. Hoy su nombre sigue siendo pronunciado por una familia que no se resigna al olvido. Su historia merece ser contada, su caso merece ser atendido, su memoria merece justicia.
Gracias por confiar en mí para ayudarte a poner en palabras un sentimiento tan profundo,
Reflexión al diputado Bruno Sarubi:
A veces, la empatía no nace de las palabras sino del simple ejercicio de ponerse en el lugar del otro. Señor diputado, usted también tiene hijos. Imagínese por un instante que un día el destino le arrebata a uno de ellos. Imagine entonces tocar puertas, pedir ayuda, rogar respuestas… y recibir solo silencio. Imagine escuchar que su dolor “no conviene políticamente”. ¿Cómo se sentiría?
Eso es lo que vivimos como familia. No pedimos privilegios, pedimos humanidad. Su cargo debería ser un canal para tender puentes, no para levantar muros. El dolor no tiene partido político, pero sí debería tener compromiso y escucha. Porque si cuando más se necesita, quienes tienen poder se dan vuelta, ¿quién queda para sostenernos?
Ojalá nunca le toque vivir una pérdida así. Ojalá nunca tenga que probar lo que duele el abandono institucional. Pero si algún día le pasara, sinceramente deseo que reciba la empatía que a nosotros se nos negó.

 

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