El Servicio Meteorológico Nacional emitió un alerta amarillo por tormentas de variada intensidad que afectarán a los departamentos Paraná, Diamante, La Paz, Nogoyá y Villaguay desde la noche del lunes y durante el martes. Se esperan precipitaciones acumuladas entre 40 y 70 milímetros, ráfagas de viento de hasta 50 km/h, actividad eléctrica intensa y posible caída de granizo.
Más allá del parte técnico, el fenómeno meteorológico pone en evidencia una deuda estructural: la fragilidad de los sistemas de prevención y respuesta en zonas rurales y periurbanas. La ciclogénesis anunciada no solo amenaza con lluvias, sino con dejar al descubierto la precariedad de caminos, la falta de infraestructura hídrica, la ausencia de protocolos comunitarios y la invisibilidad de los territorios que no figuran en los mapas de emergencia.
En La Paz, por ejemplo, donde el río y la tierra conviven en tensión permanente, cada tormenta es también una prueba de institucionalidad. ¿Qué pasa cuando el agua arrastra no solo barro, sino promesas incumplidas? ¿Qué ocurre cuando los vecinos deben improvisar defensas con bolsas de arena porque el Estado llega tarde o no llega?
La alerta amarilla debería ser también una alerta ética. Porque los fenómenos climáticos no son solo naturales, son sociales. Afectan distinto según el acceso a servicios, la calidad de las viviendas, la presencia o ausencia de políticas públicas. Y en Entre Ríos, donde la ruralidad sigue siendo postergada, cada tormenta es una interpelación.
