La Feria del Libro Paraná Lee volvió a instalarse como uno de los gestos culturales más significativos del litoral argentino. En su edición 2025, miles de personas recorrieron la Sala Mayo durante cuatro días, en una celebración que no fue solo literaria, sino profundamente política. Porque cuando el Estado sostiene espacios de lectura, promueve algo más que libros: habilita el derecho a la palabra, a la imaginación, a la memoria.
La presencia de escritoras y escritores como Selva Almada, Norma Morandini, Ariana Harwicz, Juan Solá e Istvansch, entre otros, no fue un desfile de nombres, sino una apuesta por el pensamiento crítico, por la diversidad de voces, por la literatura como herramienta de transformación. Las editoriales independientes ocuparon un lugar central, visibilizando el trabajo silencioso de quienes editan desde los márgenes, desde los pueblos, desde las urgencias.
Las infancias fueron protagonistas. No como público decorativo, sino como sujetos de derecho. Narradoras, bibliotecas populares, talleres y espacios lúdicos construyeron un territorio donde leer no es una actividad escolar, sino una experiencia vital. En un país donde el acceso al libro sigue siendo desigual, Paraná Lee se convirtió en una política de inclusión cultural que interpela a todas las gestiones.
La feria no es solo un evento. Es una declaración. En tiempos de algoritmos, de discursos de odio, de precarización del pensamiento, reunir a miles de personas en torno a la lectura es un acto de resistencia. Y hacerlo desde Entre Ríos, con fuerte presencia rural, con escuelas que llegan desde caminos de tierra, con editoras que imprimen desde galpones comunitarios, es también una forma de decir que la cultura no se centraliza, se democratiza.
