Los bancos argentinos encendieron las alarmas ante el aumento sostenido de la morosidad en tarjetas de crédito, que alcanzó en abril el 3,2%, el nivel más alto desde 2020, según datos del Banco Central. La situación refleja el creciente deterioro del poder adquisitivo de las familias, que recurren al crédito para cubrir gastos básicos como alimentos, servicios y transporte.
El fenómeno no es aislado: la morosidad en créditos personales también trepó al 4,6%, marcando un récord en casi dos décadas. Especialistas advierten que el endeudamiento se ha vuelto estructural, con más del 58% de las deudas con tarjeta vinculadas a la compra de alimentos. En muchos hogares, el plástico dejó de ser una herramienta de consumo extraordinario para convertirse en un salvavidas cotidiano.
Desde el sector bancario reconocen que el tema ya figura en las agendas de los principales directivos. “Lo que fue un no tema durante la pandemia, hoy vuelve con fuerza: cheques rechazados, impagos y refinanciaciones que no se pueden sostener”, admitió el CEO de una entidad privada.
El panorama se agrava por las altas tasas de interés: en algunos bancos, el Costo Financiero Total Efectivo Anual (CFTEA) para refinanciar saldos supera el 140%, lo que genera un efecto “bola de nieve” para quienes no pueden abonar el total del resumen.
Mientras tanto, el uso de tarjetas sigue creciendo: en supermercados, el 46% de las compras se financian con crédito, y el 91% de los hogares mantiene algún tipo de deuda. La presión sobre los ingresos y la falta de alternativas de financiamiento accesible configuran un escenario de fragilidad financiera creciente.
