Azcué, el ego y la custodia: cuando el poder se siente intocable

Azcué, el ego y la custodia: cuando el poder se siente intocable

El episodio vivido durante la Maratón Internacional de Reyes expone con crudeza una tensión que trasciende lo deportivo y lo festivo. El fiscal Azcué, rodeado de un cordón de seguridad urbana y policial, reaccionó con nerviosismo y descalificaciones ante el intento de la concejal Claudia Villalba de acercarse para solicitar una audiencia en nombre de los trabajadores despedidos de la Municipalidad.
Lo que pudo ser un gesto de apertura institucional se transformó en un cruce áspero: insultos, acusaciones contra Enrique Cresto y la propia edil, a quien tildó de “sinvergüenza”. La custodia del fiscal impidió el acceso de Villalba, generando un clima de hostilidad que derivó en una denuncia por violencia de género, ideológica y física. La concejal sostuvo que Azcué es responsable de las acciones de su personal de seguridad, y el caso ya está en manos de la justicia.
Más allá del hecho puntual, lo que preocupa es el mensaje político y social que deja esta escena. ¿Qué actitud tendrá el fiscal cuando deba bajar a los barrios y escuchar los reclamos de vecinos que no cuentan con custodia ni privilegios? ¿Se repetirá la lógica de exclusión y confrontación?
El poder, cuando se ejerce desde el ego y la soberbia, se convierte en un muro que separa a los funcionarios de la ciudadanía. La democracia exige respeto, escucha y diálogo, no insultos ni cordones de seguridad que bloqueen la palabra de quienes representan a sectores sociales.
La violencia simbólica y física contra una mujer en un espacio público no puede minimizarse. Es un síntoma de un machismo enquistado en las estructuras de poder, donde algunos se creen intocables, casi dioses, por encima de la ley y de la comunidad.
La ciudadanía no necesita funcionarios atrincherados en su custodia, sino líderes capaces de escuchar, de reconocer errores y de abrir espacios de diálogo. El episodio de la Maratón de Reyes es una advertencia: cuando el ego se impone sobre la institucionalidad, lo que se erosiona es la confianza pública y la dignidad de la democracia.

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