Desde las 14 horas, el barrio Candil vivió una tarde de furia. Disturbios entre dos familias terminaron con disparos, piedrazos, botellas con agua y otras con nafta, y un móvil policial destrozado. La policía intervino, hubo detenidos, y hasta la fiscal Paula Garey se hizo presente. Pero lo que quedó en evidencia no fue solo el caos: fue el fracaso estructural de la justicia en La Paz.
Porque esto no es nuevo. Es parte de una secuencia que se repite: conflictos familiares que escalan, vecinos que viven con miedo, policías que se convierten en escudos humanos, y una justicia que parece tener más puertas giratorias que convicciones. Entran por una puerta, salen por otra. Y mientras tanto, la vida de los vecinos y de los propios agentes queda en riesgo sin chalecos ¿ donde esta el ministro de seguridad Néstor Roncaglia ?
¿Dónde están los jueces que deberían poner límites? ¿Dónde los fiscales que deberían actuar con firmeza? ¿Dónde los legisladores que usan la justicia como oficina de acomodos, metiendo familiares y allegados por el famoso “dedo”? Porque si hay concursos, no se respetan. Y si hay méritos, se ignoran. La justicia en La Paz no se elige por capacidad, sino por cuña.
Es hora de decir basta. Basta de jueces a dedo. Basta de fiscales que no pisan los barrios hasta que hay un móvil roto. Basta de usar la justicia como trampolín político. Porque lo que pasó en Candil no es un hecho aislado: es el síntoma de una enfermedad institucional que se niega a curarse.
Los policías son seres humanos. No pueden seguir siendo carne de cañón de una justicia que no protege ni a los que la hacen cumplir. Y los vecinos merecen vivir sin miedo, sin balas, sin botellas incendiarias.
La paz —la verdadera— no se construye con discursos. Se construye con justicia. Y en La Paz, esa justicia está ausente.
los vecinos piden a grito cambio de la juzticia de la paz y que permitan entrar a la gendarmerie
