La jornada del 24 de julio en La Paz dejó una postal inquietante: dos episodios violentos en pleno Barrio Feria que no solo sacudieron la tranquilidad vecinal, sino que expusieron, una vez más, las fisuras profundas del tejido social y la fragilidad institucional para contenerlas.
Mediodía de plomo y persecución
En la intersección de Arenales y Saavedra, una pareja fue atacada mientras circulaba en motocicleta. El agresor: un Renault 12 con tres ocupantes que no solo dispararon armas de fuego, sino que colisionaron y arrastraron la moto, provocando lesiones leves. El secuestro del vehículo y la detención de un joven de 26 años —quien violaba una medida judicial vigente— son apenas respuestas mínimas ante un hecho que podría haber terminado en tragedia.
¿Quién protege a quienes circulan por nuestras calles? ¿Qué valor tiene una medida judicial si no se controla su cumplimiento?
Tarde de piedras, fuego y miedo
Horas más tarde, en Racedo y Chacabuco, el barrio volvió a ser escenario de violencia: piedras y bombas molotov contra una vivienda, tres personas detenidas y un allanamiento que, aunque arrojó resultado negativo en cuanto a disparos, no logró disipar el temor. El saldo: un móvil policial dañado, vecinos en vilo y una sensación de que el orden es apenas una pausa entre estallidos.
La intervención de Comisaría Primera, la Unidad Fiscal, Policía Científica y Guardia Especial fue rápida, pero reactiva. ¿Qué hay del trabajo preventivo? ¿Dónde están las políticas públicas que desactiven estos focos antes de que se enciendan? ¿Cuántas veces más se va a esperar que el barrio grite para que alguien escuche?
Barrio Feria como síntoma
Lo ocurrido no es un hecho aislado. Es síntoma de un abandono estructural, de una convivencia cada vez más tensa entre vecinos, de una justicia que llega tarde y de una seguridad que se mide en patrullas, pero no en confianza. Barrio Feria no pide más móviles: pide presencia real, escucha activa y respuestas que no se archiven con el expediente.

