Según la última encuesta de la consultora Zuban Córdoba, el 65,1% de los argentinos afirma que su economía personal empeoró en los últimos seis meses. No es un dato menor: es una radiografía del malestar que atraviesa el país y que empieza a reconfigurar el humor social y, con él, el tablero político.
La inflación baja, dicen los voceros oficiales. Pero la plata no alcanza. El 63,7% de los encuestados asegura que cada vez le cuesta más llegar a fin de mes. El 54,2% no logra cubrir sus necesidades básicas. Y apenas un 14,7% puede ahorrar algo. El resto vive al día o directamente se endeuda.
La economía, en Argentina, no es solo un tema más. Es el tema. Y cuando el relato del “ajuste virtuoso” se topa con la heladera vacía, la gobernabilidad empieza a tambalear. Porque no hay épica que resista el supermercado.
El estudio también revela que más del 50% teme perder su empleo o sus ingresos por las políticas del gobierno de Javier Milei. Y el 64,8% cree que esas políticas están profundizando la desigualdad social. En otras palabras: el ajuste no solo duele, sino que divide.
La frase de Bill Clinton —“es la economía, estúpido”— nunca sonó tan vigente. En Argentina, el bolsillo es el verdadero termómetro político. Y hoy marca fiebre alta.
La pregunta que queda flotando es si la oposición logrará capitalizar este malestar. El 50,4% de los encuestados dice que apoyaría un frente común para poner límites al gobierno. Pero la fragmentación opositora sigue siendo un obstáculo.
Mientras tanto, la calle murmura. Y si el murmullo se convierte en cacerolazo, será porque la política no supo escuchar a tiempo lo que el bolsillo gritaba desde hace rato.

