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A las 7:30 de la mañana, en una estación de servicio de Concepción del Uruguay, un Volkswagen Passat se convirtió en una bola de fuego. Las llamas no solo devoraron el vehículo, sino que rozaron la tragedia: un empleado logró escapar segundos antes de que el fuego lo envolviera. ¿La causa? Se sospecha de combustible contaminado.
Pero más allá del estruendo, lo que explota es otra cosa: la fragilidad de los controles, la desidia en la cadena de distribución, y la normalización del riesgo en espacios que deberían ser seguros. ¿Quién controla la calidad del combustible que llega a los surtidores? ¿Qué protocolos se activan cuando algo falla? ¿Cuántas estaciones operan con estándares mínimos y cuántas apenas sobreviven entre la informalidad y el olvido?
La escena podría haber terminado en tragedia. No lo hizo, por segundos. Pero el silencio posterior es ensordecedor. No hay comunicados oficiales, no hay inspecciones públicas, no hay responsables visibles. Solo queda el humo, la sospecha, y una comunidad que vuelve a preguntarse si la próxima explosión será solo material… o también institucional.
