¿Gobiernan o se sirven? El hartazgo de un pueblo que ve repetirse siempre la misma historia

¿Gobiernan o se sirven? El hartazgo de un pueblo que ve repetirse siempre la misma historia

 

Editorial
Por Ariel
No importa el color partidario. A esta altura, pareciera que los partidos ya no se diferencian en el ejercicio del poder. Gobiernan bajo siglas distintas, con discursos decorados de promesas y marketing, pero al momento de administrar… todos hacen lo mismo. Negocios para amigos, privatizaciones dudosas, designaciones a dedo. Una ciudadanía cada vez más postergada, cada vez más sola. Y lo más cruel: con los recursos del propio pueblo.

Administran lo ajeno como si fuese propio
Lo que alguna vez llamaron “Estado” hoy parece una empresa familiar. Se reparten cargos como si fuesen premios, diseñan licitaciones para que ganen los suyos, y los dineros públicos terminan siendo botín de guerra. Ya no hay distinción entre gobierno nacional, provincial o municipal. El modelo se repite como fotocopia desgastada: funcionarios que buscan perpetuarse, legisladores que legislan para no trabajar, intendentes que acomodan parientes. ¿Y el pueblo? Que aguante.

La justicia también juega para ellos
Cuando alguien se anima a denunciar, comienza la pantomima judicial. Juicios que duran años, negociaciones en silencio, devoluciones simbólicas del 10% de lo robado, y condenas de papel. Cárceles con comodidades VIP, custodia, beneficios… ¿presos o protegidos? Mientras tanto, los jubilados viven con sueldos humillantes, los niños siguen sin comer, los hospitales sin remedios, y las escuelas sin presupuesto.

Los sueños también se marchitan
El que pudo estudiar, hoy recorre oficinas con un título bajo el brazo y el alma bajo los pies. No hay mercado, no hay planificación, no hay política pública que abrace el mérito. El hijo del laburante tiene que emigrar o resignarse. Y si mira hacia atrás, ve que todo se repite. Frustración heredada como mochila generacional.

¿Algún día gobernarán para el pueblo?
La pregunta no es ingenua. Es un clamor. ¿Será posible tener alguna vez gobernantes que administren con mesura, que cuiden los fondos que no les pertenecen, que entiendan el poder como responsabilidad y no como botín? ¿Alguien que sienta que cada peso del Estado debe volver al pueblo y no al bolsillo propio?

Conclusión: una bronca legítima que se transforma en conciencia
Este editorial no apunta a un partido. Apunta a todos. Porque cuando se sientan en el sillón, todos terminan jugando el mismo juego: el de servirse, y no el de servir. Pero Juan Pueblo ya no es un espectador pasivo. Cansado, empobrecido, humillado, empieza a despertar. Y cuando eso ocurra del todo, el sistema temblará. No por odio. Por dignidad.

 

 

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